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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Decía Milan Kundera en su célebre obra El libro de la risa y el olvido que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Una reflexión que recuerda que el poder no solo se ejerce a través de leyes, policías o dinero, sino también mediante el control de aquello que una sociedad decide recordar —o enterrar—. Esa es la primera idea que surge tras asistir a El jardín quemado, aunque en este caso el olvido no procede de una fuerza externa, sino que nace de manera voluntaria, casi como un mecanismo de supervivencia.
Una obra que entiende el teatro como un espacio de pensamiento, memoria y confrontación moral
La obra, que puede verse en el Teatro de La Abadía hasta el 12 de julio, fue escrita por Juan Mayorga en 1996. En ella, el dramaturgo —actual director artístico del propio Teatro de La Abadía— reflexiona sobre la fragilidad del tiempo y sobre la dificultad de juzgar el pasado desde las certezas del presente. Todo parte del sanatorio psiquiátrico de San Miguel, situado en una isla indeterminada, cuya aparente calma se verá alterada con la llegada de una nueva psiquiatra. Su investigación en torno a un poeta presuntamente desaparecido allí durante la Guerra Civil irá abriendo heridas sepultadas y preguntas incómodas que terminarán por resquebrajar el equilibrio del lugar.
Con un reparto sobresaliente encabezado por Loreto Mauleón —que llega a la isla con el objetivo de sustituir a la veterana doctora interpretada por Adriana Ozores—, la función se construye a partir de las conversaciones que la joven psiquiatra mantiene con los internos del sanatorio, interpretados por Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente. A través de esos diálogos, Mayorga articula una compleja reflexión sobre la memoria, el olvido y las cicatrices que deja una guerra injusta.
Lo más interesante de El jardín quemado —sin desvelar demasiado de su trama— es cómo utiliza la memoria histórica para preguntarse hasta qué punto hay quienes prefieren vivir protegidos por una mentira antes que enfrentarse a una verdad insoportable. El encierro del sanatorio termina funcionando como metáfora de todos esos espacios, físicos o mentales, en los que el ser humano se refugia para no mirar de frente aquello que le duele. Más aún cuando determinados hechos del pasado resultan imposibles de juzgar desde la comodidad moral del presente. La pregunta que sobrevuela toda la función es tan sencilla como incómoda: ¿podemos realmente juzgar decisiones tomadas en otro tiempo y bajo la mirada del presente?

En palabras del propio Mayorga, “el pasado es imprevisible; está no menos abierto que el futuro, y laten en él preguntas que pueden poner en peligro el presente que se arriesga a observarlo”. Y precisamente ahí reside la fuerza de El jardín quemado: en cuestionar no solo el pasado, sino también las herramientas con las que intentamos comprenderlo.
La puesta en escena convierte el sanatorio en un espacio opresivo y cargado de tensión, sostenido por un trabajo interpretativo de enorme nivel. El duelo actoral entre Loreto Mauleón y el resto del elenco mantiene la obra en un estado de inquietud constante, especialmente porque los personajes permanecen casi siempre presentes en escena, observando, reaccionando y añadiendo nuevas perspectivas al conflicto. Todo ello da forma a una función exigente, rica en matices y que requiere de un espectador atento, dispuesto a permanecer en alerta intelectual durante toda la representación.
Compleja por momentos, pero profundamente estimulante, El jardín quemado se revela finalmente como una auténtica joya escénica: una obra que entiende el teatro como un espacio de pensamiento, memoria y confrontación moral, y que confirma una vez más la extraordinaria capacidad de Juan Mayorga para convertir las palabras en territorio de duda y reflexión.

Fuente:
www.nuevatribuna.es



