“Israel sigue expandiéndose y expandiéndose, y el mundo aplaude”. Estas fueron las palabras del ministro de Exteriores israelí, Abba Eban, del Partido Laborista, en plena guerra de los Seis Días, en 1967. Seis décadas después, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha enumerado con orgullo todos los territorios vecinos que, como consecuencia de la guerra de Israel en Oriente Próximo, ha pasado a controlar. Hoy ondea una bandera israelí en la mitad de la Franja de Gaza, el sur de Líbano hasta el río Litani y los Altos del Golán sirios hasta la cumbre del monte Hermón. La historia se repite y la victoria es del sionismo más radical. Nada de lo que ocurre en la actualidad es fruto de los brutales atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 ni de los ataques de Hezbollah desde Líbano. Tampoco de que Irán estuviese cerca o no de conseguir la bomba nuclear. A lo largo de la historia del sionismo, los distintos dirigentes o ideólogos han ido dando forma a todos los aspectos de la maquinaria política israelí que opera hoy en día: la retórica de enemistad o amenaza existencial lleva repitiéndose desde los años veinte del siglo pasado. La voluntad de expandirse territorialmente por el norte hasta el río Litani —por mucho que ahora Netanyahu la enmarque en términos de “zonas de seguridad”— aparece ya en un ensayo de David Ben-Gurión, fundador del Estado de Israel, de 1918. La diferencia es que de lo que en esas primeras décadas del siglo XX eran solo ideas radicales en un cuaderno ha pasado a ser la política dominante en el país hebreo.El sionismo ha ido consiguiendo poco a poco sus objetivos, ganándose la complicidad —o, en el mejor caso, la inacción— de la sociedad occidental. Una ideología se ha convertido en una de las más exitosas del siglo XXI: incuestionable e imparable. Lejos de provocar una ruptura, la destrucción de Gaza, la invasión a Líbano, los bombardeos en Siria y Yemen o la guerra abierta con Irán han afianzado en el poder a las figuras más mesiánicas y c…
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elordenmundial.com



