Necesitamos tu ayuda para seguir informandoColabora con Nuevatribuna
Crecí en un mundo donde la fe no era una opción, sino un paisaje.
Dios estaba en las palabras de mis padres, en los silencios solemnes de la iglesia, en la estructura moral que ordenaba lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Durante años no sentí la necesidad de cuestionarlo. Creer era tan natural como respirar, mientras que dudar, en cambio, me parecía una especie de traición.
Crecía en mí una nueva incomodidad que se manifestaba con un silogismo: “si yo no había elegido creer, ¿hasta qué punto podía seguir llamando mías esas creencias?”
Mi militancia religiosa no fue superficial. Participé, defendí, me comprometí. Encontraba consuelo en la idea de un sentido último, en la promesa de justicia más allá de la vida, en la certeza de que no estábamos solos en el universo.
Pero, sin darme cuenta, con el transcurrir del tiempo comenzó a abrirse una grieta en mi fe. No fue un momento concreto ni tampoco una revelación súbita, sino algo más lento e incluso más incómodo que se fue manifestando como una acumulación de pequeñas preguntas que ya no podía acallar con respuestas heredadas.
Poco a poco, la razón comenzó a reclamar su espacio en mis reflexiones, no como un enemigo de la fe sino como una voz persistente que pedía coherencia.
Empecé a observar contradicciones en discursos de amor al prójimo que convivían con actitudes de exclusión, proclamaciones de humildad sostenidas por estructuras de poder, condenas morales selectivas que parecían más humanas que divinas. La hipocresía no era una excepción y a menudo parecía formar parte del sistema al tiempo de que el fanatismo, disfrazado de certeza, anulaba cualquier intento de diálogo honesto.
No encuentro una palabra que me defina sin traicionarme un poco. “Ateo” muchas veces me parece rotunda. “Agnóstico” quizá demasiado cómoda. “Desencantado” puede que tenga algo de verdad, y de melancolía
Fue en ese contexto cuando cayó en mis manos el libro “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell, una colección de ensayos que articula una crítica racionalista y agnóstica contra la religión, un compendio que para nada fue una lectura más sino más bien un punto de inflexión. No porque me ofreciera respuestas cerradas, sino porque puso palabras claras y valientes a muchas de las intuiciones que ya albergaba en silencio.
Su forma de desmontar los argumentos tradicionales sobre la existencia de Dios, su crítica a la moral basada en el miedo y su defensa de una ética construida desde la razón me obligaron a mirar de frente lo que hasta entonces solo había rozado de manera tímida.
No recuerdo haber sentido en aquel momento una revelación súbita, pero sí una especie de incomodidad lúcida.
Fue como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que yo prefería mantener en penumbra.
Bertrand Russell no me dijo en qué debía creer sino solo me ayudó a no conformarme con creer por inercia, y ese gesto, aparentemente sencillo, fue profundamente transformador para mí, pues me di cuenta entonces de que muchas de mis creencias no eran el resultado de una búsqueda personal sino de una herencia. Dicho de otro modo, no elegí mi fe, pues me fue dada, como una lengua materna, como una forma de mirar el mundo que parecía la única posible.
Mis padres me transmitieron lo que a su vez habían recibido, sin malicia, sin cuestionamiento, como quien entrega un legado que considera valioso. Y sin embargo, esa toma de conciencia introdujo en mí una nueva incomodidad que se manifestaba con un silogismo: “si yo no había elegido creer, ¿hasta qué punto podía seguir llamando mías esas creencias?”
Ahí fue donde surgieron otra clase de dudas, más íntimas, más difíciles de nombrar. Dejé de preguntarme solo por Dios para empezar a preguntarme por mí mismo: ¿Qué soy ahora si no creo en Él? ¿Soy ateo? ¿Agnóstico? ¿Un disidente de aquello que fui? ¿Un renegado de mis propias raíces? ¿O simplemente alguien que se ha ido quedando, poco a poco, sin certezas y ha aprendido a habitar esa intemperie?
La verdad, no encuentro una palabra que me defina sin traicionarme un poco. “Ateo” muchas veces me parece rotunda. “Agnóstico” quizá demasiado cómoda. “Desencantado” puede que tenga algo de verdad, pero también de melancolía.
Es por todo esto como llego a la conclusión de que tal vez mi posicionamiento sea simplemente el de alguien que ha dejado de creer como antes le enseñaron a que lo hiciera, pero que aún no ha dejado de preguntarse acerca de sus creencias.
Así ha sido como poco a poco, la figura de Dios y la existencia de una vida eterna después de la muerte dejaron de ser una presencia incuestionable para convertirse en una mera hipótesis que, como toda hipótesis, debía someterse al escrutinio de mi racionalidad.
En el curso de mis reflexiones acerca de la fe no encontraba pruebas, sino solo tradiciones, textos interpretados y experiencias subjetivas. Mientras la fe me pedía un salto, la razón me pedía evidencias. Y así fue como descubrí que ya no estaba dispuesto a renunciar a la segunda en nombre de la primera.
Pero aún hay más, pues la duda sobre la existencia de Dios me llegó acompañada de otra, quizá aún más inquietante, consistente en si habrá vida después de la muerte.
Durante años había vivido con la tranquilidad de que al final de la vida hubiera una continuidad manifestada como una especie de justicia final. Pero al cuestionar la base que justificara esta presunción, todo lo demás se tambaleó, y la idea de que la muerte pudiera ser el final absoluto no era para nada reconfortante, pero si realista.
Fue así como poco a poco fue apareciendo una pregunta que hoy permanece como una sombra al fondo de todo este complejo dilema. Y es también, así como reflexiono si cuando llegue mi final —ese momento inevitable en que la razón ya no pueda argumentar y el cuerpo se apague— seguiré manteniendo esta postura que ahora considero tan lúcida.
¿Me mantendré en esta incertidumbre serena o, como les sucede a tantos, sentiré el impulso casi instintivo de desear que haya algo más?
¿Aparecerá, en ese umbral, una necesidad súbita de la existencia de Dios?
No lo sé. Y quizá sea esa la última lección de todo este proceso reflexivo: aceptar que hay preguntas que no están hechas para ser respondidas en vida, sino para ser asumidas con honestidad y respondidas por el deseo más que por la razón.
Reconozco que abandonar la fe no fue un proceso exento de miedo. Renunciar a creencias profundas es, en cierto modo, perder un hogar, pero también abrir una puerta.
Empecé a asumir que la ética no necesitaba de un mandato divino para sostenerse, que el sentido podía construirse sin recurrir a lo trascendente, que la responsabilidad sobre mi vida —y sobre cómo me relaciono con los demás— recaía enteramente en mí.
Así es como al día de hoy, no afirmo con rotundidad que Dios no exista, sino afirmo, más bien, que no tengo razones suficientes para creer en su existencia. Y es en esa incertidumbre donde he encontrado una forma distinta de serenidad, no basada en certezas absolutas, sino en la honestidad intelectual, en la duda como motor y en la libertad de pensar sin miedo.
Quizá, al final, resulte que mis elucubraciones no fueron una contienda entre la razón y la fe, sino la razón pidiendo a la fe que se justificara… y al ser mi fe incapaz de hacerlo, se fue desvaneciendo poco a poco.
No obstante, aun así, tal vez en algún rincón de mí mismo persista la pregunta —no ya como creencia, sino como anhelo— de si en el último instante, el ser humano que soy no claudicará y deseará que no todo termine en silencio y que haya algo más.
Fuente:
www.nuevatribuna.es



