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El debate | ¿Vacaciones en julio o en agosto?

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Cuando se acerca el verano, España se divide entre julistas y agostistas, entre quienes prefieren descansar lejos de la temporada o quienes se mantienen fieles al veraneo tradicional. La elección no es inocente. Tiene consecuencias en el precio, la masificación en nuestro destino, en soportar temperaturas récord e incluso en la conciliación laboral. ¿Es julio la opción inteligente de quienes han aprendido a esquivar el caos veraniego o sigue siendo agosto el mes en el que el país de verdad se para, cesa la actividad y se puede desconectar sin remordimiento? Sergio C. Fanjul y Jimena Marcos, periodistas, toman partido.

Queremos tanto a julio

Sergio C. Fanjul

Hubo unos años —creo que ya no— en los que, al acercarse el mes de julio, internet se llenaba de memes protagonizados por Julio Iglesias. Decían cosas como “se acerca Julio, y lo sabes” sobre esa icónica imagen del cantante, extremadamente bronceado, con sonrisa seductora y señalando a la audiencia. Era una broma bastante simple, pero, quizás por esa inocencia infantil, a la gente le hacía gracia. La moda se pasó, como se pasan las modas digitales (o quizás tuvieron que ver las acusaciones de agresión sexual vertidas sobre el eterno galán español). No importa, hay otros julios. Como Julio Cortázar, sobre el que he visto recientemente otros memes que dicen “se está haciendo largo Julio”, en referencia a la elevada estatura del escritor cronopio (1,93 metros). Tras la muerte de Cortázar, en 1984, se popularizo un meme de los de antes de internet: la frase “queremos tanto a Julio”, que parafraseaba el libro del argentino titulado Queremos tanto a Glenda, para mostrarle cariño a un escritor que, con su ternura, imaginación y acento arrastrado, tanto cariño cosechó.

Llegado el verano, hay algunos que queremos tanto a julio y otros que quieren tanto a agosto. Los llamaré julistas y agostistas. Me encuentro entre los primeros, aunque, por logística familiar, me veo abocado al veraneo en agosto (quizás eso marque mi predilección: todos ansiamos lo que no tenemos). Como buen julista, creo que lo más sensato es cogerse las vacaciones lejos del corazón del verano: julio es bueno, pero mejor sería hacerlo en junio o en septiembre cuando, los que pueden, disfrutan de un veraneo más plácido, sofisticado y barato, mientras la mayor parte trabaja. Qué placer. No soy julista radical: no me importaría ser junista o septembrista.

Desde el julismo ortodoxo defendemos la mayor tranquilidad juliana, no tan masiva y calurosa, para las labores del veraneo. Vacacionando ahí da la impresión de que el verano dura más. Julio es la promesa cumplida del estío, no se respira la melancolía cronófoba que ve las orejas al lobo laboral, como en el triste fin de agosto. Julio tiene la ventaja de llegar antes, tranquiliza a los ansiosos; es cierto también que se va antes: pero trabajar durante agosto mola más, la tarea disminuye dramáticamente —se cobra lo mismo por hacer menos— y se está más espaciado en la ciudad. Aunque el agosto urbano ya no es lo que era cuando las grandes avenidas se quedaban desiertas como la Gran Vía que recorría Eduardo Noriega al comienzo de Abre los ojos. Ahora siempre hay gente en la ciudad. En realidad, ahora siempre hay gente en todas partes.

El verano, en general, está cambiando, como cuenta Enrique Rey en su reciente ensayo Melón con jamón (Temas de hoy) que se está convirtiendo en el libro de referencia sobre el asunto. Dice Rey que el veraneo ya no está tan coordinado, se fragmenta, pierde intensidad, y que ya es difícil lograr esa sensación de desconexión total y agradable aburrimiento con la sandía en la mano y el Tour de fondo.

En julio se nota esa disolución más notoriamente y una compañera mencionó el otro día una “nostalgia de julio” que encaja perfectamente en el ideario del julismo: no hay nada como una causa perdida para vitalizar un movimiento. ¡Nos están robando, no el mes de abril, sino el mes julio! Una nostalgia de la paz veraniega que ya no existe. No olvidemos que en julio de 2023 el presidente Pedro Sánchez convocó elecciones (para la historia quedará la reacción airada de Àngels Barceló al enterarse de la noticia), y eso es solo el ejemplo más notorio de que la actualidad es hoy en día difícil de frenar y tenemos que estar pensando en el navajeo político hasta cuando, por fin, metemos el culo en la orilla del mar.

Acabaré con una llamada al consenso. A pesar de todo, seamos julistas o agostistas, la mejor postura es una síntesis hegeliana que reúna y supere a los contrarios: más que elegir entre julio y agosto, lo ideal y recomendado sería cogerse unas vacaciones de dos meses, o más. ¡Quién pudiera! Hay un tercio de los españoles, lo dice el INE, que no se puede ir ni una semana, por la pobreza. Quizás lo consigamos cuando las máquinas trabajen por nosotros. Permítanme que me ría. Ja, ja, ja.

Sergio C. Fanjul es periodista.

Al menos agosto sigue abrasando

Jimena Marcos

Las estaciones han dejado de ser ellas mismas debido al cambio climático y nosotros hemos llegado a acostumbrarnos a cualquier fenómeno extraño hasta el punto de llamarlos “nueva normalidad”. Sobre esa capacidad de adaptación reflexionaba la escritora británica Zadie Smith en un ensayo publicado en The New York Review of Books. En una especie de consuelo melancólico, Smith se aferraba a la única certeza que parece repetirse cada año: “at least August is still reliably ablaze” (“al menos agosto sigue abrasando, como siempre”).

Agosto no defrauda. A diferencia de enero o de junio, que fingen optimismo y luego hay años en los que se vuelven, de repente, traicioneros, agosto siempre nos espera, paciente, al final del año laboral. Julio puede disfrazarse de agosto y aparentar ser más festivo y ligero de lo que en realidad es, pero agosto nunca se rebajará al nivel de julio, ese descanso mediocre aún sin asentar. Julio agostea, pero agosto no juliea. Cuando el mundo se derrumbe, cuando lleguen las siete plagas y no puedan incendiarse las tierras ya incendiadas, cuando los humanos nos hayamos convertido en los zombies definitivos, Benidorm seguirá intacta, tiesa, inyectada en bótox y agosto se mantendrá orondo, rotundo, relleno de periodo vacacional.

Feriae Augusti, Ferrragosto, la conquista del derecho al descanso de la clase trabajadora. Cada año, los cerebros de España se coordinan para desconectarse al unísono. A excepción de los hosteleros y trabajadores del sector del turismo, agricultores, ganaderos, personal de emergencias y sanidad, bomberos, cuidadores y unos pocos oficios más, agosto es despiadado con los que buscan autoexplotarse: 45 grados, calor insoportable, la imposible tarea de pensar. Yo me entrego a él y a su dictadura de la horizontalidad con resignación y entusiasmo porque, como suele decir el periodista Xoan Tallón, no hacer nada es una de las tareas más difíciles que existen ya que siempre tendemos a llenar el descanso de pequeñas obligaciones.

Agosto es un reducto antisistema y las siestas parecen menos culpables cuando el mundo dormita a la vez. Las vacaciones en agosto nos igualan y nos convierten en ese tipo de turistas de los que algunos reniegan: los que buscan el alojamiento más barato, la playa más vacía y el menú con la ya instaurada ensalada de tres ingredientes (lechuga iceberg, tomate y cuatro tiras de cebolla). El gusto clasifica, que diría Bordieu, y yo elijo no distinguirme. No me interesan los lugares secretos ni los restaurantes escondidos. No tengo barco, ni quiero alquilarlo. Tampoco busco encontrarme a mí misma en la India ni tampoco hacer surf “en el norte”, que dirían las pijas. No quiero luchar por mantener ningún estatus social que no tengo porque prefiero ser una turista como todas las turistas. Quiero ir donde todos vayáis, apiñarme en vuestros coches, beberme vuestros tintos de verano, ser turista en vuestro turismo para, finalmente, entregarme a la efervescencia y a la alegría compartida de la lluvia de las Perseidas y el eclipse solar.

El 12 de agosto el tiempo astronómico se alineará con el tiempo humano haciendo que el sol, la luna y nuestra vida coincidan durante unos minutos. Dicen que hay emociones que solo alcanzan toda su intensidad cuando son colectivas. Fergus Neville, psicólogo social de la Universidad de St Andrews, explicaba en el The New York Times que, al ver nuestras emociones reflejadas en los rostros de quienes sienten lo mismo, recibimos una especie de confirmación social de nuestra experiencia. Turismo emocional, de repente. Algo parecido ocurre con el entorno físico: al parecer, la luz del sol moldea nuestro estado de ánimo mucho más de lo que solemos pensar. Y esta oscuridad repentina la podremos experimentar juntos porque precisamente es agosto y porque la mayoría estaremos de vacaciones.

Llego a final de julio sintiendo que me faltan cosas que no sé muy bien cuáles son, como si me hubiese dejado las llaves en alguna parte. Sé que el mundo está loco, que la vida cambia, que las estaciones ya no son las mismas, por eso caminar hacia agosto se siente como si caminara hacia el final de la playa. Es la roca que hay que tocar con el pie antes de darse la vuelta, de empezar otra vez de nuevo. Un consuelo sencillo, melancólico y popular. Es la tranquilidad de las vacaciones y el descanso, pero también de saber que hay algo que nunca va a cambiar: “al menos agosto sigue abrasando, como siempre”.

Jimena Marcos es periodista.


Fuente:

elpais.com

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