El compromiso frente a la opresión de Simone Weil

Publicado:

Necesitamos tu ayuda para seguir informandoColabora con Nuevatribuna

 

A menudo asociamos al filósofo la imagen de alguien que se limita al pensamiento, a lo académico, a la vida contemplativa, que no se ensucia con el sufrimiento o los sinsabores de lo que suponen la cotidianidad y la supervivencia. Hemos cometido la injusticia de imaginar que los pensadores están “siempre en las nubes” y que diseñan sus teorías amparados por sus torres de marfil, a salvo de las inclemencias del día a día.

El conocimiento, el compromiso y la verdad, son los que posibilitan la libertad y permiten que se exprese la dignidad humana en toda su amplitud

Sin embargo, a lo largo de la historia ha habido ejemplos diversos que contradicen esta imagen, que se han preocupado por la injusticia y han empleado sus esfuerzos intelectuales y prácticos en averiguar cómo sería posible alcanzar un mundo mejor. La filosofía política y la ética no siempre han basado sus propuestas en elementos simplemente teóricos. Entre todos ellos, quiero destacar en esta ocasión la figura de Simone Weil, una filósofa que vivió durante la época de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial y que se comprometió activamente en ambas contiendas para luchar contra la opresión y la injusticia.

“Las personas están hechas de tal modo que quienes oprimen no sienten nada; es la persona oprimida la que siente lo que está ocurriendo”

Aunque su espiritualidad la hizo estar siempre del lado de los desdichados, no comulgaba con el catolicismo de manera oficial, ya que le creaba desconfianza la iglesia como institución y su relación más que habitual con los ciudadanos de rentas más altas. Sin embargo, afirmaba que nada de lo cristiano le resultaba ajeno en cuanto a lo que se refería a la atención al prójimo, al desfavorecido. Elegía situarse del lado de los perdedores y ponerse en su piel para entender desde dentro cómo era la vida de los obreros, qué carencias sufrían, en qué aspectos se encontraban totalmente alienados, cómo eran su angustia y su cansancio.

Por ese motivo, abandonó la docencia y quiso trabajar en las fábricas y en el campo, codo a codo con ellos y sufrir lo que sufrían en sus propias carnes. Se dio cuenta entonces de que Marx se había quedado corto en su análisis respecto a la explotación económica y de que, además los regímenes socialistas no conseguían solucionar los males del capitalismo que ellos mismos habían denunciado, sino que por el contrario habían derivado en otras formas de opresión y control.

“A menos que nos hayamos puesto de lado de la persona oprimida para sentir como ella, no podemos entender”

El compromiso de Weil nos recuerda que todos tenemos la capacidad de realizar pequeños cambios que ayuden a mejorar la vida de los demás y de colaborar, por tanto, en solucionar los problemas a nivel más global. Su pasión por defender la justicia asombra de tal manera que casi intimida, si pensamos además que la inmensidad de su caridad y entrega contrastaban con la debilidad de su salud física. El espíritu de pobreza había penetrado en ella desde niña y la empujaba a la humildad a pesar de poseer un gran talento intelectual. Creía que cualquier ser humano es capaz de acercarse a la verdad y para ella la verdad se encontraba en la entrega y la ayuda mutua.

“La misma cantidad de respeto y de atención se debe a todo ser humano, porque el respeto no tiene grados”

Para Weil, solo el bien era una aspiración humana legítima y ese bien estaba vinculado a la justicia, la verdad y la utilidad pública. Por eso, tenemos una obligación con nosotros mismos y con los demás, sobre todo con aquellos que sufren cualquier tipo de opresión. Nuestra razón, tal y como decía Descartes, nos ofrece la capacidad de discernir, de pensar y buscar una verdad que vaya acorde con el interés general y no deje a nadie de lado.

Consideraba que para que una democracia fuera legítima se deberían dar dos condiciones; que no hubiera en ella impulsos de crimen y de mentira y que el pueblo pudiera expresar libremente su voluntad respecto a los problemas de la vida pública (no solo hacer una mera elección de personas). La reflexión libre, ejercida por todos los ciudadanos, según la filósofa, nos elevaría el alma y la “inundaría de luz”, algo que nos recuerda el ideal de conocimiento platónico.

Llegados a este punto, nos podríamos preguntar cuántas democracias “sanas” encontramos en la actualidad, cuántas libres de casos de corrupción, prevaricación o “enchufismo”… La esperanza la podemos encontrar en todos los movimientos, asociaciones, proyectos e instituciones que están promoviendo mayor participación y formación política entre la ciudadanía, ya que la búsqueda de una democracia más participativa es hoy en día un objetivo bastante generalizado.

El conocimiento, el compromiso y la verdad, tal y como muchos filósofos y filósofas han manifestado a lo largo de la historia, son los que posibilitan la libertad y permiten que se exprese la dignidad humana en toda su amplitud. En esta línea, no perdamos la oportunidad de colaborar para mejorar la sociedad, cada uno de acuerdo a sus posibilidades.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

Artículos relacionados

Publicidadspot_img

Artículos recientes

spot_img