Leyendo la novela El amigo, de Sigrid Nunez, (qué libro tan hermoso, ¿cómo he tardado tanto en llegar hasta él? Salió en 2018) me entero de que el gran escritor Rilke amaba a los perros y se sentía muy compenetrado con ellos. Y que una vez, saliendo de un café en España, se topó con una perrita vagabunda a punto de parir que le dirigió tal mirada de súplica (se me abren las carnes de imaginar la vida atroz de esa criatura en 1912, que es cuando nos visitó el poeta, y en este país, tan feroz con los animales por entonces) que Rilke quedó de alguna manera fulminado. En los ojos de la perra vio, diría después, “toda esa verdad que va más allá de lo particular para dirigirse no sé a dónde, hacia el porvenir o lo incomprensible”. Le dio un azucarillo de su café, un gesto que, escribió, fue como decir misa juntos.
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Fuente:
elpais.com



