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Descubren que una tecnología “romana” ya existía hace 8.000 años en Oriente Próximo

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Un equipo de científicos ha confirmado que hace más de 9.000 años los habitantes de Motza ya producían yeso dolomítico con una técnica que se atribuía a los romanos, adelantando este conocimiento unos 8.000 años. El hallazgo no solo rompe una cronología histórica establecida, sino que redefine el nivel tecnológico de las sociedades neolíticas.

El descubrimiento, publicado en el Journal of Archaeological Science, muestra que estas comunidades dominaban procesos térmicos y químicos altamente precisos, capaces de generar materiales más resistentes y duraderos que los considerados estándar en su época. Pero hay un detalle que desconcierta a los investigadores: esta técnica avanzada desapareció durante milenios.

El secreto mineral que desafía la historia

Durante décadas, los arqueólogos han asumido que el yeso más sofisticado —especialmente el basado en dolomita— era una innovación relativamente tardía, consolidada en tiempos del Imperio romano. Sin embargo, las excavaciones realizadas entre 2015 y 2021 en Motza, cerca de Jerusalén, han desmontado esta idea con una evidencia difícil de ignorar.

Los investigadores identificaron suelos construidos con yeso dolomítico en niveles que datan entre el 7100 y el 6700 a.C., en pleno periodo neolítico precerámico B. Este tipo de yeso requiere un proceso mucho más exigente que el tradicional yeso calcítico, ya que implica calentar la dolomita a temperaturas controladas por debajo de los 900 °C.

Pero aquí surge la gran pregunta: ¿cómo lograron tal precisión técnica sin herramientas modernas? La clave está en su comprensión empírica de los materiales. Los habitantes de Motza no solo distinguían entre piedra caliza y dolomita, sino que sabían exactamente cómo tratarlas para obtener propiedades específicas. Este nivel de conocimiento sugiere una transmisión cultural sofisticada, posiblemente basada en generaciones de experimentación.

Y hay algo aún más fascinante: el yeso dolomítico resultante era más resistente al agua y estructuralmente más sólido, lo que indica una elección consciente del material en función de su utilidad.

Eugenio M. Fernández Aguilar

Suelos que hablan de organización y conocimiento colectivo

Más de 100 suelos enlucidos fueron descubiertos en el yacimiento, muchos de ellos extraordinariamente bien conservados. Algunos pertenecen a una fase anterior (MPPNB), mientras que otros corresponden a una etapa más avanzada (FPPNB), donde se observa una evolución en las técnicas constructivas.

Los suelos más antiguos destacan por su acabado pulido y pigmentación rojiza, lo que sugiere no solo funcionalidad, sino también una dimensión estética o simbólica. En cambio, los más recientes presentan una textura más porosa y ligera, lo que podría reflejar cambios en la disponibilidad de recursos o en las prioridades constructivas.

Pero hay un elemento que revela algo más profundo: la fabricación de estos suelos requería una coordinación comunitaria considerable. La producción de yeso no es un proceso individual. Implica recolectar grandes cantidades de piedra, construir hornos, mantener temperaturas estables durante horas y procesar el material resultante. Todo ello apunta a una sociedad organizada, con tareas y conocimiento especializado.

Y entonces aparece otro detalle intrigante: dos tipos distintos de suelos dolomíticos fueron identificados. En uno, la dolomita se utilizaba como agregado triturado. En el otro, los análisis muestran que la dolomita fue completamente transformada y recristalizada durante el proceso. Esto implica que los habitantes de Motza completaron lo que hoy se conoce como el ciclo de la cal dolomítica, un proceso químico complejo que hasta ahora no se había documentado en épocas tan tempranas.

Estructura de los suelos de yeso en el área B10. Crédito: Journal of Archaeological Science (2026). DOI: 10.1016/j.jas.2026.106557

Hornos dobles: la evidencia de una ingeniería olvidada

Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es la presencia de dos hornos diferenciados en el sitio. A simple vista, parecen estructuras sencillas: fosas poco profundas de entre 1,5 y 2,6 metros de diámetro. Pero su función cuenta una historia mucho más sofisticada.

Los análisis muestran que uno de los hornos se utilizaba para procesar dolomita y el otro para caliza, lo que implica un conocimiento claro de que cada material requería condiciones distintas de cocción.

Este hecho cambia radicalmente la percepción de estas comunidades. No eran simples agricultores o constructores rudimentarios. Eran técnicos capaces de controlar procesos térmicos complejos, adaptando sus métodos según el material.

Y aquí surge el mayor misterio del estudio: esta técnica desapareció durante miles de años. Tras su uso en Motza, no vuelve a aparecer en el registro arqueológico hasta la época romana. ¿Por qué se perdió este conocimiento? ¿Fue un cambio cultural, una migración, o simplemente una tradición que no logró transmitirse?

Los investigadores aún no tienen una respuesta clara, pero coinciden en algo: este hallazgo obliga a replantear la evolución tecnológica humana.

Carrera de carros de Jean Léon Gérôme

Eugenio M. Fernández Aguilar

Erica Couto

Un legado que resurge desde el polvo

Lo que emerge de Motza no es solo un conjunto de suelos antiguos, sino una historia enterrada de ingenio humano. Una historia que sugiere que la innovación no sigue siempre una línea ascendente, sino que puede surgir, desaparecer y volver a nacer siglos después.

Este descubrimiento revela que la inteligencia técnica de nuestras sociedades ancestrales era mucho más avanzada de lo que imaginábamos, capaz de resolver problemas complejos con recursos limitados.

Y quizás esa sea la lección más poderosa: el progreso no siempre es acumulativo; a veces, es frágil y efímero, como el yeso que resiste milenios bajo tierra, esperando ser redescubierto.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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