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Descubren que las abejas detectan virus en la comida y a veces prefieren el alimento contaminado

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Un equipo de científicos ha confirmado que las abejas melíferas pueden detectar virus en fuentes de alimento, pero no siempre los esquivan: en algunos casos, incluso los prefieren. El hallazgo, publicado en Biology Letters, cambia una idea intuitiva sobre la defensa animal: detectar un peligro no implica necesariamente huir de él.

La investigación se centró en alimentos azucarados contaminados con virus que infectan a las abejas, entre ellos el virus de las alas deformadas, conocido como DWV, una amenaza vinculada al ácaro Varroa destructor. En laboratorio y en campo, las abejas eligieron entre jarabes limpios y jarabes con virus. Y ahí apareció la sorpresa: la respuesta dependía del tipo de abeja, la estación y la carga viral. 

El instinto que no siempre salva: cuando detectar no significa evitar

En los animales sociales, oler el peligro puede ser la diferencia entre una colonia viva y una colonia enferma. Abejas, hormigas y termitas no viven como individuos aislados, sino como ciudades palpitantes donde el contacto, el alimento compartido y el cuidado de las crías convierten cualquier patógeno en una chispa capaz de recorrer el enjambre.

Hasta ahora, se sabía que las abejas podían reaccionar ante señales indirectas de enfermedad: cambios de olor, individuos enfermos o alteraciones en el entorno. Lo que no estaba claro era si podían percibir directamente la presencia de virus fuera de su cuerpo, mezclados en una fuente de alimento. El estudio de Alexandria N. Payne y sus colegas plantea precisamente esa pregunta. 

Para comprobarlo, los investigadores ofrecieron a las abejas una elección sencilla: jarabe de azúcar sin virus o jarabe contaminado con virus de abejas. Si comían lo mismo de ambos, no habría señal clara de detección. Si preferían uno, el comportamiento indicaría que algo estaban percibiendo.

Pero hay un detalle que desconcierta a los científicos: las abejas no actuaron como esperaríamos ante una amenaza invisible. En lugar de rechazar siempre el alimento contaminado, algunas lo consumieron con más interés. El sentido del riesgo, en una abeja, parece estar escrito con una gramática mucho más extraña.

Abejas en recipientes con comederos durante una prueba en jaula. Crédito: Universidad Estatal de Luisiana

3 virus, 2 escenarios y una conducta que rompe las reglas

El estudio combinó jaulas de laboratorio con observaciones en el campo, una decisión importante porque las abejas no siempre se comportan igual en condiciones controladas que en el ambiente real de una colonia. En ambos casos, el objetivo era medir una conducta básica: comer o no comer, visitar o no visitar.

Los investigadores observaron que las nodrizas y las recolectoras respondían de forma distinta. Las nodrizas, abejas jóvenes encargadas de alimentar a larvas y a la reina, evitaron algunos alimentos contaminados en verano. Sin embargo, en otoño llegaron a preferir comida contaminada con tres virus diferentes. Las recolectoras, por su parte, mostraron una preferencia constante por soluciones con alta concentración de DWV. 

Recreación artística que muestra a una abeja obrera realizando la danza en el centro de un panal mientras otras abejas la rodean y la siguen mediante contacto antenal. Foto: ChatGPT / Scruzcampillo.

Este dato es especialmente llamativo porque el DWV no es un virus menor. El virus de las alas deformadas puede causar malformaciones severas cuando infecta a las abejas durante el desarrollo, y su transmisión se ve favorecida por el ácaro Varroa destructor, uno de los grandes enemigos modernos de la apicultura. 

La clave está en que la detección no conduce a una única respuesta. Una abeja puede percibir una señal viral y aun así aproximarse al alimento, quizá por mecanismos fisiológicos todavía desconocidos, por cambios estacionales, por diferencias en el papel social o por señales químicas asociadas al propio virus.

Ese es el verdadero misterio: no se trata solo de si las abejas detectan virus, sino de por qué una señal peligrosa puede resultar atractiva. En la naturaleza, el comportamiento raras veces es una línea recta. A veces es un laberinto.

Comedero de azúcar de campo con alto contenido de DWV. Abejas melíferas recolectando néctar en una de las soluciones de azúcar experimentales a las que se les añadieron altos niveles de DWV (virus de las alas deformadas). Las abejas mostraron una preferencia significativa por alimentarse en los comederos con solución de azúcar con alto contenido de DWV en comparación con los controles sin virus añadido. Crédito: A. Payne

La pista que puede cambiar la forma de alimentar colmenas

El hallazgo tiene implicaciones prácticas para la apicultura y la conservación de polinizadores. Si las abejas visitan fuentes de alimento contaminadas, esas fuentes podrían convertirse en puntos de transmisión entre individuos, colmenas o incluso especies que comparten flores y néctar.

Una práctica especialmente delicada es la alimentación abierta: colocar un recipiente común de jarabe para que distintas abejas puedan acceder a él. Si ese alimento se contamina, podría funcionar como una estación de intercambio viral, sobre todo si algunas recolectoras no evitan el jarabe infectado.

Los autores del estudio insisten en que este trabajo abre más preguntas de las que cierra. ¿Cómo detectan fisiológicamente los virus las abejas? ¿Qué moléculas perciben? ¿Todas las abejas tienen la misma sensibilidad? Y, sobre todo, ¿puede modificarse la gestión de colmenas para reducir el riesgo de contagio?

Eugenio M. Fernández Aguilar

La respuesta podría estar en una combinación de biología sensorial, ecología de enfermedades y comportamiento social. Las abejas son diminutas, pero su vida colectiva es de una complejidad asombrosa: cada obrera toma decisiones que parecen individuales, aunque sus consecuencias pueden propagarse por toda la colonia.

El descubrimiento también recuerda algo esencial: la naturaleza no siempre premia la prudencia visible. Un alimento contaminado puede ser detectado y, aun así, elegido. Una señal de peligro puede mezclarse con una señal de recompensa. Y una abeja, suspendida sobre una gota de azúcar, puede revelar una grieta inesperada en nuestra idea de instinto.

Al final, la colmena aparece como un organismo hecho de miles de decisiones diminutas. En ese zumbido colectivo, los virus no son solo enemigos microscópicos: también son señales que las abejas leen, interpretan y, a veces, siguen hacia el riesgo.

Referencias

Payne, Alexandria N., et al. “Attraction versus Avoidance: Honeybees Vary in Response to Virus-Contaminated Food.” Biology Letters 22, no. 4 (2026): 20250630.https://doi.org/10.1098/rsbl.2025.0630.

Fadelli, Ingrid. “Bees Can Detect Viruses in Food Sources, but Don’t Necessarily Avoid Them.” Phys.org, May 2, 2026.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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