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Cuba ante el desgaste interno y la presión de la Doctrina Monroe

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La Doctrina Monroe de Estados Unidos alcanza a Cuba en un momento de crisis interna, marcado por tensiones políticas, sociales y económicas. Fuente: Depositphoto

La relación entre Cuba y Estados Unidos con su Doctrina Monroe atraviesa una transformación profunda que difícilmente puede entenderse con las categorías clásicas del siglo XX. Durante décadas, el conflicto estuvo inscrito en la lógica de la Guerra Fría: confrontación ideológica, amenaza militar y bloques claramente definidos.

Episodios como la crisis de los misiles de Cuba en 1962 representaron el punto álgido de ese enfrentamiento, donde el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear y la isla ocupaba una posición central como enclave estratégico.

No obstante, el presente responde a una lógica radicalmente distinta. Hoy no se trata de una confrontación directa. Más bien, es un proceso de desgaste progresivo, donde el objetivo no es derrotar al adversario en un momento decisivo, sino erosionar su capacidad de sostenerse en el tiempo.

El retorno de Donald Trump a la presidencia ha intensificado este cambio de fase. Su reinterpretación de la Doctrina Monroe –que puede conceptualizarse como una “Doctrina Donroe” (Do- de Donald)– se aleja de las intervenciones militares clásicas para centrarse en una estrategia de presión estructural. La lógica es simple, pero efectiva: no es necesario invadir cuando se puede asfixiar.

Para ampliar: Venezuela y el Corolario Trump: el regreso de la Doctrina Monroe al hemisferio occidental

Las recientes declaraciones de Trump, afirmando que sería un “honor tomar Cuba”, deben leerse en este contexto. No constituyen un anuncio de intervención, sino un mensaje dirigido tanto a la élite cubana como a la comunidad internacional: Estados Unidos percibe debilidad y está dispuesto a explotarla.

Este enfoque no es completamente nuevo. Tiene precedentes históricos en la propia política exterior estadounidense hacia América Latina, desde las intervenciones en Guatemala en 1954 hasta el bloqueo prolongado contra Cuba tras la Revolución de 1959 liderada por Fidel Castro.

Sin embargo, lo que distingue el momento actual es la sofisticación del método. La presión no busca provocar un colapso inmediato, sino una transformación inducida. En lugar de generar un shock, produce una erosión constante que obliga al sistema a adaptarse.

La crisis energética reciente ilustra esta dinámica con claridad. El colapso total del sistema eléctrico cubano –que dejó a la isla completamente a oscuras– no es un episodio aislado. Es la culminación de años de deterioro estructural. Infraestructuras obsoletas, falta de inversión, dependencia de combustibles importados y la reducción del apoyo venezolano han creado un sistema extremadamente vulnerable.

La caída del suministro paraliza la economía, pero también afecta a hospitales, transporte, comunicaciones y vida cotidiana. Sin embargo, y este es el punto crucial, no ha generado una ruptura política inmediata.

Cuba ante la Doctrina Monroe

Este patrón recuerda a otros contextos históricos donde el deterioro material no produjo una caída súbita del sistema. La Unión Soviética en los años ochenta experimentó un proceso similar, marcado por el estancamiento económico, la escasez y una progresiva pérdida de legitimidad.

No fue una crisis puntual la que provocó su disolución, sino una acumulación de tensiones que, finalmente, hicieron insostenible el sistema. En Cuba, sin embargo, el proceso parece evolucionar de manera diferente. En lugar de desembocar en un colapso abrupto, apunta hacia una adaptación progresiva.

El efecto político de la crisis energética y económica no es la movilización constante, sino el agotamiento. Las protestas que han tenido lugar en los últimos años –incluyendo las de 2021 y las más recientes vinculadas a la escasez y los apagones– evidencian un malestar profundo, pero también sus límites. No se ha producido una articulación sostenida capaz de desafiar al gobierno de forma decisiva.

Este fenómeno puede compararse con otros contextos donde la presión social no desemboca en cambio político inmediato, como ocurrió en Irán tras las protestas recurrentes o en la propia Venezuela durante los momentos más críticos de su crisis.

En este escenario, la figura de Miguel Díaz-Canel se convierte en un punto de condensación de todas las tensiones. Su margen de maniobra es extremadamente limitado. Mantener el modelo implica aceptar un deterioro creciente que erosiona la legitimidad del gobierno.

Para ampliar: El embargo contra Cuba, clave en la política estadounidense

Transformarlo, en cambio, supone abrir dinámicas que pueden escapar al control del propio sistema. Este dilema no es nuevo en la historia política. Puede rastrearse, por ejemplo, en las reformas de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética, donde la apertura –perestroika y glasnost– terminó acelerando el colapso que pretendía evitar.

Sin embargo, el caso cubano presenta una particularidad clave: la ausencia de recursos estratégicos que permitan sostener una negociación desde una posición de fuerza. A diferencia de Venezuela, que durante años pudo amortiguar su crisis gracias a la renta petrolera, La Habana carece de una palanca equivalente. Esto la obliga a negociar desde la debilidad, lo que incrementa su dependencia externa.

Las noticias recientes apuntan a que esta transformación ya está en marcha. La apertura a la inversión de cubanos en el exterior, la flexibilización de sectores económicos y la búsqueda de capital extranjero reflejan un giro pragmático.

Estas medidas recuerdan, hasta cierto punto, a las reformas introducidas por Deng Xiaoping en China a partir de 1978, donde la apertura económica coexistió con el mantenimiento del control político. No obstante, la comparación tiene límites evidentes. Pekín contaba con una escala y unos recursos que la isla caribeña no posee.

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha elevado el nivel de presión. Informaciones recientes indican que la administración Trump no solo intensifica la asfixia económica, sino que introduce condiciones políticas explícitas, incluyendo la posibilidad de cambios en el liderazgo cubano como parte de una eventual negociación. Este desplazamiento del plano económico al político marca una nueva fase en el conflicto.

Doblegue progresivo y cambio silencioso

Así, el escenario más probable es un proceso de doblegue progresivo. Este puede observarse en múltiples ejemplos históricos. En la propia Venezuela de Nicolás Maduro, la crisis no condujo a una caída del gobierno, sino a una adaptación que incluyó dolarización de facto, apertura parcial y acuerdos informales. En Vietnam, tras décadas de aislamiento, el sistema comunista optó por una apertura económica sin abandonar el control político.

Cuba parece dirigirse hacia un modelo híbrido similar, aunque condicionado por su mayor fragilidad. Además, este doblegue no se presentará como una rendición. El discurso oficial seguirá apelando a la soberanía y a la resistencia frente al embargo estadounidense.

No obstante, en la práctica, se producirán ajustes graduales que reconfigurarán el sistema. Uno de los elementos más interesantes de este proceso es la coexistencia de dos niveles aparentemente contradictorios.

Por un lado, la narrativa oficial mantiene la retórica revolucionaria, heredera de Fidel Castro y reforzada durante décadas. Por otro, la práctica política se orienta hacia la adaptación, la negociación y la apertura selectiva. Esta dualidad no es una incoherencia, sino una estrategia deliberada. Permite a La Habana preservar su legitimidad interna mientras ajusta su comportamiento externo.

Protesta en apoyo al gobierno cubano en Varadero (Cuba), el 1 de mayo de 2021.Protesta en apoyo al gobierno cubano en Varadero (Cuba), el 1 de mayo de 2021.
Protesta en apoyo al gobierno cubano en Varadero (Cuba), el 1 de mayo de 2021. Fuente: Depositphoto

Incluso la presión del exilio cubano en Estados Unidos, que en algunos casos reclama una ruptura total con el gobierno cubano, forma parte de este ecosistema de tensiones. Las demandas de endurecimiento de la política estadounidense no contradicen la estrategia de desgaste; la refuerzan. Generan un entorno en el que la presión es constante, multifacética y difícil de contrarrestar.

El resultado es un equilibrio inestable, pero funcional. Estados Unidos incrementa su influencia sin necesidad de intervenir directamente, mientras Cuba gana tiempo adaptándose sin reconocer explícitamente esa transformación.

Este tipo de equilibrio recuerda a otros escenarios de la política internacional donde la confrontación abierta se sustituye por dinámicas de presión indirecta, como en las relaciones entre Rusia y Occidente en determinados momentos recientes.

Asimismo, a esta crisis se suma un fenómeno de largo alcance, que es la emigración masiva. Desde 2021, cientos de miles de cubanos han abandonado la isla, muchos de ellos hacia Estados Unidos. Este éxodo reduce la presión interna, sí, pero también debilita el tejido social y económico del país.

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Históricamente, la emigración ha funcionado como una válvula de escape para el gobierno cubano, desde el éxodo del Mariel en 1980 hasta la crisis de los balseros en 1994. En el contexto actual, cumple una función similar, aunque a una escala mayor y sostenida en el tiempo.

En paralelo, las declaraciones de Trump introducen un elemento de incertidumbre que amplifica la tensión. No necesariamente porque anticipen una intervención inmediata, que puede que también; sino porque subrayan la vulnerabilidad del momento. En una isla debilitada, cada palabra adquiere un peso mayor. La percepción de amenaza, incluso si no se materializa, forma parte de la estrategia de presión.

Cuba está colapsando. Estados Unidos no ha intervenido. Pero entre ambos polos se configura un espacio de indefinición donde el futuro no se decidirá, quizás, mediante grandes acontecimientos visibles y sí a través de procesos graduales, acumulativos y, en gran medida, silenciosos pero eficientes. 

Porque en este tipo de escenarios, las transformaciones más decisivas se producen lentamente, a través de ajustes sucesivos que, en conjunto, terminan redefiniendo el sistema. Cuba está al borde de un colapso inmediato, y como ocurre en múltiples procesos históricos, ese cambio está comenzando de la forma más simbólica posible: en la oscuridad. En ese umbral, deberá decidir: ¿resistir o negociar?


Fuente:

www.descifrandolaguerra.es

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