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Hay viajes que pertenecen al tiempo y otros que pertenecen al asombro. Los primeros se miden en kilómetros, en combustible, en trayectorias calculadas con precisión quirúrgica. Los segundos, en cambio, se sostienen en una materia más frágil y más poderosa, una aventura donde la audacia humana se enfrenta a lo desconocido, una apasionante experiencia donde no solo se recorre una distancia, sino también se ensancha el horizonte de lo posible.
Quizá el verdadero progreso no consista solo en llegar más lejos, sino en recordar quién se atrevió primero a dar el paso cuando aún no había camino…
Hoy celebramos —con razón— las nuevas proezas que supone haber alcanzado el lado oculto de la Luna, esa región que durante siglos fue casi una metáfora del misterio, un territorio más cercano a la imaginación que a la ciencia. Admiramos la perfección tecnológica, la precisión silenciosa de unas máquinas casi imposibles, la coreografía exacta de algoritmos que no tiemblan mientras que, sin embargo, en medio de esa admiración, emerge inevitable una pregunta más profunda: ¿qué dice todo esto de nosotros?
No puedo evitar volver la mirada hacia aquel instante inaugural en el que tres hombres —Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins— se atrevieron a desafiar no solo la distancia, sino la propia idea de lo posible. Lo hicieron cuando la tecnología era todavía una promesa en construcción, un lenguaje apenas balbuceante frente a la complejidad del universo. Todo ello en una época en la que avanzar implicaba aceptar el riesgo como compañero inseparable.
Hoy sabemos —y esa certeza añade vértigo a la memoria— que la capacidad de cálculo que llevaban consigo los tres astronautas del primer viaje a la Luna era inferior —y no exagero en absoluto—a la de cualquier teléfono móvil actual. Y, sin embargo, allí estuvieron Armstrong, Aldrin y Collins, suspendidos en la nada, confiando sus vidas a circuitos rudimentarios y a algo mucho más antiguo que la tecnología consistente en la fe en la inteligencia humana, en la cooperación, y en la posibilidad de que el conocimiento compartido pudiera vencer al miedo.
Aquella misión no fue solo un logro técnico sino un acto de coraje en estado puro. Porque no se trataba únicamente de llegar, sino de aceptar todo lo que podía fallar. Era, en cierto modo, una declaración radical sobre lo que identifica al ser humano como alguien capaz de avanzar incluso cuando la certeza no existe.
En la otra cara de la moneda, los viajes espaciales actuales —por admirables que sean— poseen la serenidad de lo ya aprendido. Son hijos de la experiencia, de la acumulación de errores corregidos, de la seguridad que da el conocimiento previo. Representan un progreso incuestionable, sí, pero también más previsible, más domesticado y completamente distinto a aquella hazaña del remoto julio de 1969 cuando el hombre dio un salto al vacío con los ojos abiertos, una forma de valentía que hoy resulta casi incomprensible por su atrevimiento.
Y sin embargo, aquí aparece la paradoja que nos define como especie: la misma humanidad capaz de posar artefactos en la cara oculta de la Luna, de descifrar el cosmos y domesticar la materia, es también la que, de manera recurrente, se precipita en guerras absurdas y en conflictos que niegan todo ese progreso. Somos, simultáneamente, la especie que construye puentes hacia las estrellas y la que levanta muros sobre la Tierra.
Quizá por eso cada avance tecnológico encierra también una pregunta moral, o mas bien muchas, pues no basta con llegar más lejos si no sabemos convivir mejor. No basta con conquistar el espacio si seguimos siendo incapaces de habitar en paz nuestro propio mundo.
El progreso, en su sentido más pleno, no debería medirse solo en logros científicos, sino en la capacidad de hacerlos compatibles con una ética de la convivencia. Y aun así, pese a esa contradicción persistente, hay algo profundamente esperanzador en cada uno de estos pasos porque, incluso en medio de nuestras sombras, seguimos avanzando, preguntándonos, explorando e intentando comprender. Es por ello que cada misión, cada descubrimiento, es también una afirmación de que no estamos condenados únicamente a repetir nuestros errores.
Quizá el verdadero progreso no consista solo en llegar más lejos, sino en recordar quién se atrevió primero a dar el paso cuando aún no había camino… y, sobre todo, en decidir qué tipo de humanidad queremos ser cuando ese camino ya existe.
Fuente:
www.nuevatribuna.es




