Si sólo se atiende a las declaraciones oficiales y a los titulares de muchos medios de comunicación interesados, parecería que lo que se ha alcanzado la pasada semana en el Líbano es un acuerdo de paz que pone fin a la guerra. En realidad, por muy valioso que sea evitar una muerte violenta más, lo único que ha ocurrido es el establecimiento de un cese de hostilidades durante 10 días. Es decir, una pausa en la agresión que Israel lleva tiempo realizando en el país de los cedros, violando el derecho internacional de manera flagrante, con la clara intención no sólo de eliminar a la milicia chií libanesa de Hizbulah, sino también de mantener ocupado sine die buena parte del Líbano. Una pausa que le sirve a buena parte de los actores implicados para salir del paso, aunque no resuelva ninguno de los graves problemas que se vienen arrastrando desde hace décadas.
A fin de cuentas, Trump busca salir de la escena regional para evitar el coste electoral de su error y para el régimen iraní un día sin recibir golpes es una oportunidad más para mantener su poder.
Así, a Donald Trump le permite presentarse nuevamente como supuesto pacificador en jefe, mostrando aparentemente su poder para frenar la ofensiva terrestre –añadida a los bombardeos aéreos y ataques artilleros que efectúa diariamente desde hace 18 meses– que Benjamín Netanyahu lanzó el pasado mes de marzo. Trump –desesperado por salir de un pozo del que busca irse de inmediato– necesitaba imperiosamente ese gesto por parte de quien lo ha arrastrado a la guerra contra Irán, como condición imprescindible para lograr que los negociadores iraníes opten por volver a sentarse a la mesa en Islamabad.
Eso le sirve a Netanyahu para contentar puntualmente a un presidente estadounidense que sigue necesitando, tanto para que colabore en su estrategia militar para redibujar el mapa de Oriente Medio, como para que siga cubriéndole diplomáticamente las espaldas en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). De paso, procura mostrar una voluntad de negociar la paz con el Líbano (la reunión celebrada en Washington entre las delegaciones de ambos países fue la primera negociación directa desde 1993), confiando en que podrá imponer su dictado hasta la claudicación de Beirut. En todo caso, sabe no sólo que el alto el fuego es muy corto, sino que, al igual que lleva haciendo con el que acordó con Hizbulah en noviembre de 2024, podrá violarlo sin coste alguno. Ahora, como antes, el propio primer ministro israelí ha dejado claro que no habrá ningún paso atrás de su ejército en la zona ya ocupada entre el río Litani y la Línea Azul, que seguirá destruyendo todas las infraestructuras (viviendas incluidas) que considere necesario y que se reserva el derecho a emplear las armas ante cualquier atisbo de amenaza.
Por su parte, tanto el presidente libanés, Joseph Aoun, como el primer ministro, Nawaf Salam, aparentan momentáneamente ser estadistas con un margen de maniobra real, rechazando la llamada de Netanyahu y atendiendo la de Trump. Por un instante pueden dirigirse a sus conciudadanos como si estuviese en sus manos la suerte del país y tuviesen capacidad para negociar en términos equilibrados con su vecino meridional. Pero basta con recordar que la tarea que ahora se ha puesto sobre sus hombros –desarmar a Hizbulah– es la misma que ni siquiera Israel ha conseguido en sucesivas operaciones de castigo (incluyendo la actual). El gobierno libanés, sumido en una crisis de proporciones sistémicas, nunca ha podido garantizar la seguridad de su población y sería ilusorio creer que ahora va a poder neutralizar la presión interna del partido/milicia y, al mismo tiempo, hacer retroceder a las Fuerzas Armadas israelíes.
Incluso Hizbulah puede ahora mismo mejorar su imagen ante la misma población libanesa que tanto lo ha criticado por exponerla a la agresión israelí. Por una parte, puede argumentar que, a pesar del brutal castigo recibido, no se ha rendido, haciendo frente al avance de las unidades terrestres israelíes, mientras el ejército libanés ha estado desaparecido. Por otra, aduce que ha sabido calibrar su respuesta para no llevar al país a una guerra civil, lo que habría satisfecho a Tel Aviv. Hizbulah está muy debilitado tanto política como militarmente, pero mientras Israel siga empeñado en atentar contra la soberanía libanesa, seguirá siendo un elemento estructural para considerar en la zona (con o sin el respaldo de Teherán).
Por último, Irán también reclama reconocimiento por lo sucedido, presentándose como el único que, al plantear el fin de la violencia israelí en el Líbano, ha logrado evitar la derrota definitiva de Hizbulah y el desastre total para la población civil libanesa. Alcanzado ese punto, y por muy precario que pueda ser el acuerdo, se siente ahora más reforzado y en condiciones de volver a la mesa, mientras intenta disimular que, al igual que Trump (aunque sea por razones diferentes), busca desesperadamente un acuerdo ante Estados Unidos.
Por desgracia, más allá de esa accidental coyuntura, no cabe olvidar que, en realidad, esto sólo es un alto el fuego, no un acuerdo de paz, que Israel (y Hizbulah) va a seguir violando. Sólo queda confiar en que el paso de los días sin grandes choques violentos haga cada vez más difícil volver a las armas, aunque las negociaciones no rindan frutos de inmediato. A fin de cuentas, Trump busca salir de la escena regional para evitar el coste electoral de su error y para el régimen iraní un día sin recibir golpes es una oportunidad más para mantener su poder.
Autor: Jesús A. Núñez Villaverde
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