Kian ilustra el azar de las fronteras y la estulticia que supone aplicar ciegamente cualquier protocolo

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Mi compañero en el IFS-CSIC Juan Carlos Velasco tiene un libro atinadamente titulado ‘El azar de las fronteras”, pues le preocupa el fenómeno de las migraciones masivas por cualesquiera motivos (bélicos, climáticos, económicos y un largo etcétera), temática que le ha llevado a estudiar ahora la cuestión de los privilegios.

Dado que realizó muchas estancias en Alemania (con Habermas por ejemplo del que tradujo su último libro), terminó emparejándose con una colega nacida en aquel país y sus hijos tienen la suerte de ser binacionales, como también lo es Andrea Kurtanjek, la hija de nuestra común compañera Concha Roldán, quien también ha frecuentado entre otras ciudades alemanas Berlín y allí es donde ha decidido vive ahora su hija.

Es envidiable cómo esos jóvenes dominan dos idiomas a la perfección y combinan sendas tradiciones culturales en su vida cotidiana, sintiéndose ciudadanos europeos con todas las de la ley.

Salvo que seas de Bilbao, como gusta recordar a mi también compañero en el Instituto de Filosofía Txetxu Ausín, el nacer en uno u otro lugar es algo tan aleatorio como la propia fecha de venir al mundo. Lo segundo marca que puedas vivir en una u otra época más o menos amable, y lo primero te da una seña de identidad totalmente arbitraria.

Sin ir más lejos, yo suelo definirme como un vasco (porque mi madre nació en Ondarroa y tenía dieciséis apellidos vascos) nacido en el madrileño barrio de Chamberí (en la casa que construyó mi tatarabuelo), pero que ha elegido residir en el sur de Francia e ir muy a menudo por Berlín. En suma, me siento un vasco-madrileño afincado en la comarca del Bidasoa y las callejuelas de Fridenau por haberme tocado ser europeo. La fortuna me ha evitado experimentar el destino de mi abuelo paterno, exilado republicano que acabó sus días en Francia tras pasar por Argelia.

El mundo es un pañuelo para muchos jóvenes que rematan sus estudios en lugares lejanos y que luego pueden buscar trabajo en cualquier parte del globo, dada su competencia idiomática y su versatilidad. Para esos afortunados las fronteras del mapa político no tiene ninguna relevancia y las traspasan sin dificultades. Pero esto no es así para mucha gente que debe abandonar su lugar de nacimiento por muy variopintas razones, como la miseria o la guerra. Su nacionalidad se convierte así en un auténtico lastre que les impide cruzar esas mismas lindes.

Un determinado pasaporte, si es que lo tiene, parece definir su identidad e incluso su condición moral. Un larvado supremacismo desconfía de algunos orígenes, como si quienes integran un determinado colectivo estuvieran cortados por el mismo patrón. A la lotería genética, se suma la del sitio donde naces, lo cual supone un privilegio para unos y una condena para otros.

La profusión de conflictos bélicos está provocando migraciones masivas, al igual que los provoca el hambre. Nuestras comunidades van enriqueciéndose con otros colores de piel o rasgos faciales, cuyos portadores dominan a veces el idioma mejor que los nativos, porque se sienten más motivados a esforzarse por tener una sólida formación, conscientes de las oportunidades que tienen a su alcance.

Sin embargo, sus orígenes pueden seguir gravitando sobre su destino, como ilustra el caso de Kian, el chaval de catorce años al que se había elegido para representar a Madrid en la ONU, tras demostrar unas cualidades impropias de su edad. La embajada norteamericana le ha negado el visado simplemente por ser iraní, argumentando que deben defenderse del terrorismo.

En lugar de atender al perfil de la persona que tenían delante, han aplicado ciegamente un protocolo que como toda regla debería tener sus excepciones. Lleva siete años en España, media vida, pero todavía no le corresponde poder adquirir esa nacionalidad. Es obvio que las normas deberían adaptarse a cada caso en concreto y no al revés, como no deja de suceder en la telaraña burocrático kafkiana que nos envuelve.


Fuente:

www.nuevatribuna.es

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