Así se forjó hace 500 años el falso mito de El Dorado, el paraíso de oro de la América conquistada

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La escena se repite una y otra vez en la imaginación europea del siglo XVI: un territorio remoto, oculto más allá de ríos interminables y selvas impenetrables, donde el oro no solo abunda, sino que define la vida misma. Un rey cubierto de polvo áureo se sumerge en un lago sagrado mientras su pueblo arroja tesoros al agua como ofrenda. La poderosa imagen de un rincón escondido y lleno de tesoros mantuvo viva, durante siglos, la ambición de conquistadores y aventureros.

Sin embargo, tras ese relato fascinante no se escondía el tan ansiado imperio del oro, sino algo mucho más evanescente: un proceso complejo de construcción cultural. El Dorado no fue un lugar real, sino una idea en constante transformación que se alimentó de rumores indígenas, interpretaciones interesadas y la imaginación desbordante de cronistas y exploradores. Su historia no pertenece tanto a la geografía de lo real como al ámbito de las creencias. Comprender cómo nació y evolucionó este mito implica adentrarse en el corazón mismo de la conquista americana, el lugar donde se gestó uno de los espejismos más persistentes de la historia moderna.

Más que un lugar real, El Dorado fue una idea en constante transformación que se alimentó de rumores indígenas, interpretaciones interesadas y la imaginación desbordante de cronistas y exploradores.

Ciudad perdida
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

El origen ritual: del cacique dorado al “hombre de oro”

Según los investigadores Catherine Alès y Michel Pouyllau, en su forma más primitiva, El Dorado no era una ciudad ni un reino, sino una figura ritual. El mito se basa en una ceremonia practicada por los caciques chibchas en las lagunas sagradas, donde el gobernante, cubierto con polvo de oro, se sumergía en el agua como un acto de ofrenda al Sol.

Vinculado a la investidura del poder, los conquistadores interpretaron este ritual como prueba de la existencia de riquezas extraordinarias. El “Indio dorado” se convirtió así en “El Dorado”, una figura que pronto trascendió su contexto original. En este sentido, la evolución semántica de la expresión resultó decisiva. Primero, sirvió para designar al cacique. Más tarde, pasó a denominar el lugar donde se realizaba el ritual (generalmente un lago) y, por último, a cualquier territorio supuestamente rico en oro. Este proceso revela cómo una práctica cultural específica se transformó en una idea abstracta cargada de expectativas.

El mito se basa en una ceremonia practicada por los caciques chibchas en las lagunas sagradas. En ella, el gobernante era cubierto con con polvo de oro.

Balsa muisca con representación de la ceremonia de El Dorado
Balsa muisca con representación de la ceremonia de El Dorado. Fuente: Museo del Oro Bogotá/Reg Natarajan/Wikimedia

La conquista y la imaginación: un caldo de cultivo para lo fantástico

El mito de El Dorado no puede entenderse sin abordar la mentalidad de los conquistadores. Desde el primer viaje de Colón, la exploración del Nuevo Mundo estuvo marcada por la búsqueda de maravillas y riquezas fabulosas. Los europeos proyectaban sobre América las fantasías heredadas de la Antigüedad y la Edad Media, como el Paraíso terrenal o la creencia en la existencia de ciudades míticas.

Paso Temprano

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Este imaginario se vio reforzado por los éxitos iniciales de la conquista. El descubrimiento de los tesoros aztecas y de las riquezas del Perú consolidó la creencia de que existían otros reinos igualmente opulentos en el interior del continente. Cada hallazgo real, por tanto, alimentaba la expectativa de descubrir una fuente de riqueza aún mayor.

Además, la popularidad de las novelas de caballería influyó profundamente en la mentalidad de los conquistadores, según apuntan Alès y Pouyllau. Estas obras, llenas de aventuras que a menudo se desarrollaban en territorios fantásticos, ofrecían un marco interpretativo que facilitaba la aceptación de esos relatos extraordinarios.

Desde el primer viaje de Colón, la exploración del Nuevo Mundo estuvo marcada por la búsqueda de maravillas y riquezas fabulosas.

Ciudad junto a un río
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

De la noticia al rumor: la expansión del mito en las primeras expediciones

Las primeras expediciones en busca de riquezas se centraron en regiones como la llamada Tierra de Meta. Los relatos indígenas afirmaban que existía un reino rico en oro situado en el interior, un dato que probablemente reflejaba la opulencia del mundo muisca, en la actual Colombia.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas noticias se transmitían a través de redes de intercambio entre distintos pueblos, lo que facilitaba su distorsión. De esta forma, la información, al circular de boca en boca, se transformaba y generaba una cadena de rumores cada vez más elaborados. Aunque las expediciones fracasaban una y otra vez, tal fracaso no desmentía el mito. Al contrario. La leyenda creció hasta incorporar en el relato elementos como ciudades de oro, lagos misteriosos y pueblos desconocidos. El mito se iba haciendo cada vez más complejo y seductor.

El descubrimiento de los tesoros aztecas y de las riquezas del Perú consolidó la creencia de que existían otros reinos igualmente opulentos en el interior del continente.

Mapa del siglo XVI de Jodocus Hondius I
Mapa del siglo XVI de Jodocus Hondius I. Fuente: Wikimedia

La invención geográfica: lagos, ciudades y territorios imaginarios

Con el tiempo, El Dorado dejó de ser una figura humana para convertirse en un espacio geográfico. Se imaginó como un vasto territorio situado entre el Orinoco y el Amazonas, donde, rodeada de murallas doradas, se alzaba la ciudad de Manoa.

Este proceso dio lugar a lo que puede denominarse una geografía imaginaria. Los mapas europeos comenzaron a representar lagos inexistentes, como el Parime, y ciudades fabulosas. La cartografía, por tanto, no solo reflejaba el conocimiento geográfico de la época, sino también las creencias y expectativas.

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Los ríos, especialmente el Amazonas y el Orinoco, adquirieron un papel central como vías de acceso a estos territorios desconocidos. En la mente de los exploradores, se convirtieron en caminos hacia lo maravilloso que reforzaban la idea de que el paraíso dorado se encontraba, en verdad, en algún punto inaccesible del interior.

Este proceso dio lugar a lo que puede denominarse una geografía imaginaria. Los mapas europeos comenzaron a representar lagos inexistentes, como el Parime, y ciudades fabulosas.

Cronistas y fabuladores: la transformación literaria del mito

Los relatos de los cronistas desempeñaron un papel fundamental en la consolidación del mito. Desde mediados del siglo XVI, autores como Fernández de Oviedo o Cieza de León recogieron las historias sobre el rey dorado. Con el paso del tiempo, los cronistas posteriores reinterpretaron y embellecieron los relatos originales con elementos cada vez más elaborados. El punto culminante de esta transformación literaria llegó con la obra de Walter Raleigh, cuyo libro de 1596 El Descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de las Guayanas con un relato de la poderosa y dorada ciudad de Manoa (que los españoles llaman El Dorado) difundió ampliamente la idea de la existencia de un imperio dorado en Guayana. Su éxito editorial contribuyó decisivamente a la popularización del mito en toda Europa.

Ciudad perdida
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

La obra de Walter Raleigh, cuyo libro El descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de las Guayanas con un relato de la poderosa y dorada ciudad de Manoa difundió ampliamente la idea de la existencia de un imperio dorado.

La lógica del mito: entre alquimia, ciencia y deseo

Aunque pueda parecer puramente fantasioso, el mito de El Dorado también se apoyaba en ideas consideradas racionales en su tiempo. Durante el Renacimiento, existía la creencia de que ciertas zonas del planeta favorecían la formación natural del oro. Esta concepción, cercana a la alquimia, proporcionaba una justificación teórica a la búsqueda. De este modo, la exploración no se percibía únicamente como una aventura, sino como una empresa basada en fundamentos científicos.

A partir del siglo XVIII, la exploración científica comenzó a desmontar estas geografías imaginarias. Investigaciones cada vez más rigurosas demostraron la inexistencia de muchos de estos lugares supuestamente bañados en oro, como el lago Parime. Aunque El Dorado no desapareció por completo, perdió su carácter geográfico. Así, se convirtió en una idea abstracta, asociada a la búsqueda de riqueza y a la fascinación por lo desconocido.

Referencias

Alès, Catherine y Pouyllau, Michel. 2021. «La conquista de lo inútil. Geografías imaginarias de El Dorado». Hyperborea. Revista de ensayo y creación, 4. DOI: 10.5281/zenodo.5292048


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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