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Científicos descubren que los caparazones de las tortugas funcionan como una “caja negra” del cambio climático

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Redacción — Este asunto vuelve a estar en el foco informativo.

Las tortugas marinas pasan gran parte de su vida lejos de la costa, en mar abierto, lo que dificulta seguir sus movimientos, su alimentación o los cambios que experimentan a lo largo del tiempo. Entender su historia vital ha sido siempre un desafío, especialmente en un contexto de océanos cada vez más alterados por la actividad humana. En este escenario, los científicos buscan nuevas formas de reconstruir lo que no pueden observar directamente.

Un estudio reciente publicado en la revista Marine Biology propone una vía inesperada para lograrlo. El trabajo combina técnicas de arqueología, química y biología marina para extraer información acumulada durante años en el propio cuerpo de los animales. A partir del análisis de muestras de tortugas varadas en la costa de Florida, los investigadores exploran cómo ciertos tejidos pueden registrar cambios ambientales de forma continua y detallada.

Tejidos que registran el paso del tiempo

Algunos tejidos biológicos crecen de manera progresiva y almacenan información en cada capa que se forma. Cabello, uñas o esmalte dental son ejemplos conocidos, pero en animales marinos existen estructuras similares que permiten reconstruir su historia. El estudio destaca que “los tejidos formados incrementalmente pueden servir como archivos de información bioquímica sobre las historias de vida de los organismos”.

En el caso de las tortugas marinas, este papel lo cumplen los escudos del caparazón, llamados escudos córneos o scutes. Están formados por queratina, el mismo material que el pelo humano, y crecen en capas sucesivas que no se modifican una vez formadas. Esto significa que cada capa conserva señales químicas del momento en que se generó, incluyendo información sobre la dieta y el entorno.

Este tipo de análisis ya se utilizaba mediante isótopos estables, pero tenía una limitación importante: no se sabía con precisión a qué periodo de tiempo correspondía cada capa. Sin esa referencia temporal, resultaba difícil interpretar correctamente los cambios observados en el caparazón.

Esquema del caparazón que indica el punto exacto donde se tomaron las muestras, diferente según la especie de tortuga. Fuente: Marine Biology

Cómo medir el tiempo en un caparazón

Para resolver ese problema, el equipo recurrió a una técnica poco habitual en biología marina: la datación por radiocarbono. Este método, ampliamente usado en arqueología, permite asignar edades a materiales orgánicos, aprovechando la desintegración del carbono-14.

El estudio se basa en un fenómeno histórico muy concreto: el llamado “pulso bomba”. Durante las pruebas nucleares de mediados del siglo XX, la concentración de carbono-14 en la atmósfera aumentó de forma brusca y luego descendió gradualmente. Esa señal quedó registrada en océanos y organismos vivos, convirtiéndose en una referencia temporal muy útil.

Los investigadores analizaron 120 mediciones de radiocarbono en capas de caparazones de 24 tortugas. Mediante modelos estadísticos, lograron reconstruir la velocidad de crecimiento de la queratina. El resultado fue clave para interpretar los datos: cada segmento del caparazón puede vincularse a un intervalo temporal concreto.

Tal como explica el propio artículo, este enfoque permite “establecer las tasas de crecimiento del escudo mediante mediciones secuenciales de radiocarbono”. Esto convierte al caparazón en una especie de registro cronológico continuo.

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El hallazgo clave: señales de estrés ambiental sincronizadas

Una vez reconstruida la escala temporal, los científicos pudieron observar algo llamativo. En distintos individuos aparecían patrones similares de cambio en el crecimiento del caparazón, incluso cuando las tortugas no estaban relacionadas entre sí.

El estudio detectó descensos sincronizados en las tasas de crecimiento en periodos concretos, especialmente en 2015–2016 y 2017–2018. Estos descensos coincidían con eventos ambientales conocidos, como grandes proliferaciones de algas tóxicas y acumulaciones masivas de sargazo en el Atlántico.

Según los autores, estos resultados permiten “detectar descensos sincronizados en las tasas de crecimiento del escudo que pueden estar vinculados al estrés ambiental marino”. Es decir, el caparazón no solo registra la vida del animal, sino también las condiciones del océano.

Las llamadas mareas rojas, causadas por microorganismos tóxicos, pueden afectar gravemente a las tortugas. Provocan problemas neurológicos, dificultan la alimentación y reducen la disponibilidad de alimento. A esto se suman los efectos del sargazo, que altera hábitats costeros y puede generar condiciones de bajo oxígeno.

El hecho de que varias tortugas muestren cambios simultáneos sugiere que no se trata de procesos individuales, sino de respuestas a perturbaciones ambientales amplias. Este tipo de información es difícil de obtener por otros métodos.

Mapa de Florida que señala dónde aparecieron las tortugas estudiadas, permitiendo vincular cada individuo con una región concreta del océano. Fuente: Marine Biology

Una herramienta para entender el océano actual

Más allá del caso concreto de las tortugas, el estudio abre una puerta interesante. Los investigadores destacan que estos tejidos constituyen el archivo cronológico más largo que se puede obtener de forma no invasiva en animales vivos. Esto permite estudiar su historia sin necesidad de seguimiento continuo.

Además, el método podría aplicarse a otras especies con tejidos de crecimiento incremental, como ballenas o mamíferos terrestres. Esto ampliaría la capacidad de reconstruir cómo los animales responden a cambios ambientales, algo crucial en un contexto de calentamiento global.

El trabajo también tiene implicaciones para la conservación. Al identificar cuándo y cómo afectan ciertos eventos a las tortugas, se pueden diseñar estrategias más eficaces para protegerlas. Esto es especialmente relevante en especies amenazadas y de larga vida, donde los efectos acumulativos son difíciles de detectar.

Los autores subrayan que su enfoque “demuestra el potencial del análisis de carbono-14 para investigar la dinámica de crecimiento de otros tejidos incrementales”. En otras palabras, el caparazón es solo el comienzo.

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Cuando el pasado queda escrito en el cuerpo

El estudio muestra que el cuerpo de los animales puede conservar información detallada sobre su entorno. No se trata solo de biología, sino de historia ambiental registrada capa a capa. Esta perspectiva permite conectar eventos ecológicos con respuestas fisiológicas reales.

Además, los resultados indican que los efectos de ciertas perturbaciones pueden prolongarse durante años. Las tortugas no recuperan inmediatamente sus tasas de crecimiento tras estos episodios, lo que sugiere impactos duraderos en su salud y en los ecosistemas que habitan.

En un momento en el que los océanos cambian rápidamente, contar con herramientas que permitan reconstruir ese cambio es fundamental. Los caparazones de las tortugas ofrecen una ventana única al pasado reciente del océano, y ayudan a entender cómo las especies están respondiendo a un entorno cada vez más inestable.

Referencias

Linscott, B., Wallace, A. A., Becerra-Valdivia, L., Harris, M. R. P., Fireman, A. L., Bennett, J. D., Patterson III, W. F., Vander Zanden, H. B. (2026). Bomb radiocarbon reveals keratin growth dynamics in loggerhead (Caretta caretta) and green (Chelonia mydas) turtles. Marine Biology. https://doi.org/10.1007/s00227-025-04792-4.


Fuente:

muyinteresante.okdiario.com

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