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El simulacro es el pan nuestro de cada día. Si bien, como decía Wilde, la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, también mata, y su primera víctima es la verdad. Asistimos, sumidos en el estupor, al imperio de la insignificancia, al triunfo de lo efímero. En centros comerciales y zonas de ocio, en programas de televisión y en toda suerte de cantos de sirena, Moda y Muerte prosiguen su diálogo.
–Soy la Moda, tu hermana. –¿Mi hermana? –Sí. ¿No recuerdas que las dos hemos nacido de la Caducidad? (Leopardi: Operette Morali)
Dar gato por liebre es una estrategia de las élites en su afán de obtener el máximo provecho y monopolizar cualquier poder
Infinidad de personas, en lugar de vivir, dejan que la pequeña pantalla viva por ellas. Sustituyen el intento de ser felices por el deseo de serlo. Se refugian en la ilusión, constantemente desmentida por los hechos, de que los que mandan saben lo que hacen. Piensan que al final todo irá bien gracias a los desvelos de las élites, mientras el mundo se derrumba ante sus ojos cegados. Así lo refleja la adaptación que realizó Adolfo Celdrán de la canción de Tom Paxton What did you learn in school today?:
Que somos libres en mi nación que el policía es mi protector que el rico tiene siempre razón […] eso dijo el maestro, esa es hoy mi lección […] que un buen gobierno, palo ha de dar, que lo que dice, siempre es verdad, que nuestros jefes son de lo mejor, por eso salen en la votación.

Esta confianza ilimitada, la fe del carbonero en las bondades del Sistema, es la versión laica y posmoderna del plan de Dios que, en siglos pasados, servía para explicar catástrofes y horrores. A semejanza de aquella coartada de la injusticia y el mal, la creencia actual en la intrínseca validez de lo existente es lo que Spinoza llamaba Asylum ignorantiae. La sociedad del espectáculo y la pulsión consumista es la perpetuación de la religión por otros procedimientos. Todo está condicionado para que no percibamos más que los efectos de superficie, el suave rizo de las olas. Se nos invita a olvidar que en las profundidades circulan corrientes impetuosas. No es que sea difícil separar las voces de los ecos, es que solo tenemos ecos. Nos anega una marea de populismo cultural de bajísima estofa que entroniza lo mediocre y vulgar como el non plus ultra. Lejos de trabajar por elevar el nivel intelectual y estético de la mayoría, se pugna por mostrarse servil hacia su gusto alienado y degradado. Y quienes no lo hacen se ven acusados de esnobismo, convertido en el único elitismo condenable.
Dar gato por liebre es una estrategia de las élites en su afán de obtener el máximo provecho y monopolizar cualquier poder. Lo triste es que haya tantos, sociedades enteras, prestos a aceptar gustosamente el gato, e incluso a pagarlo como si de liebre se tratara. Esto no incluye solo las pobres masas alienadas, en contra de lo que diagnostican los biempensantes. Es pasmosa la facilidad con que son estafados sectores supuestamente concienciados.
En los más diversos campos, del político o el judicial al académico, se han sucedido las concesiones en aras de la paz social y la concordia. Tanta amabilidad y espíritu de consenso ha terminado por abandonar todas las herramientas de poder en manos de los sectores más reaccionarios. En el ámbito de las ideas, la ecuanimidad, la permisividad y la pusilanimidad han producido la práctica desaparición de las posturas firmes y coherentes. La saludable crítica del «no es esto, no es esto» ha sido sustituida por el «que sea lo que Dios quiera». Sobre el pensamiento crítico ha caído una pequeña edad del hielo. Bueno, esperemos que sea eso, y no una glaciación en toda regla. En cuanto al periodismo, el asunto adquiere tintes dramáticos. Gacetilleros complacientes –y bien retribuidos– manejan de forma descarada la mentira, la insidia y la falacia para servir a sus amos.
El nazismo no aniquiló a la prensa, sino que la prensa creó al nazismo. […] Editorialistas que escriben con sangre, charlatanes de la acción. Trogloditas, por cierto, que se han instalado en la cueva en la que la palabra impresa legó la fantasía a la humanidad.
Cuando Karl Kraus acuñó en Viena estas frases, corría el año 1934.
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