Por Isaac Hammouch
La nueva crisis migratoria en Ceuta ha despertado abruptamente el recuerdo de 2021 y ha vuelto a poner bajo tensión la relación entre Marruecos y la Unión Europea. Sin embargo, detrás de la cuestión migratoria se juega algo más profundo: la confianza entre dos socios que se han vuelto interdependientes. Comercio, seguridad, migración, Sahara Occidental, inversiones y relaciones de poder diplomáticas se entrelazan. ¿Mira Europa ahora a Marruecos de otra manera? ¿Y dejará esta crisis una huella duradera?
Ceuta, o el regreso brutal de un expediente que se creía controlado
Apenas unos meses separan dos imágenes casi contradictorias de la relación entre Marruecos y la Unión Europea. El 29 de enero de 2026, en Bruselas, el decimoquinto Consejo de Asociación UE-Marruecos celebraba una relación de décadas. Europeos y marroquíes hablaban entonces de una «asociación estratégica privilegiada», de confianza mutua y de la voluntad de reimpulsar y profundizar su cooperación. Migración, seguridad, comercio, transición ecológica, innovación, desarrollo y estabilidad regional figuraban entre los muchos ámbitos en los que Rabat y Bruselas pretendían avanzar juntos.
Luego, Ceuta volvió al centro de la actualidad. A finales de julio, una llegada migratoria de una magnitud excepcional afectó al enclave español situado en la costa norte de Marruecos. Madrid habló de unas 72.000 entradas en pocos días, mientras que las estimaciones marroquíes fueron sensiblemente inferiores. La mayoría de las personas regresaron posteriormente a Marruecos, pero varios miles permanecieron en Ceuta y la crisis dejó un grave balance humano. Más allá de las cifras, una pregunta se impuso de inmediato en España y en las instituciones europeas: ¿cómo ha podido producirse semejante oleada en una de las fronteras más vigiladas entre África y la Unión Europea? Y detrás de esta primera interrogante surge de inmediato una segunda, políticamente mucho más explosiva: ¿podría Marruecos haber evitado esta crisis? Es aquí donde el precedente de 2021 resulta fundamental.
2021: la crisis que Europa no ha olvidado
En mayo de 2021, cerca de 9.000 personas entraron en Ceuta por tierra o por mar en muy poco tiempo. Entre ellas se encontraban numerosos menores. El acontecimiento se produjo en el peor momento de las relaciones entre Madrid y Rabat. España había aceptado la hospitalización de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, oficialmente por razones humanitarias. Rabat consideró que la forma en que se organizó esa hospitalización constituía un grave quebranto de la confianza entre ambos países. Pocas semanas después estallaba la crisis de Ceuta.
La interpretación europea fue particularmente severa. En una resolución adoptada el 10 de junio de 2021, el Parlamento Europeo rechazó explícitamente el uso por parte de Marruecos del control de las fronteras y de la migración, en particular de los menores no acompañados, como instrumento de presión política sobre un Estado miembro de la Unión. La formulación fue excepcionalmente dura. Pero otro elemento de aquel texto merece ser recordado hoy: a pesar de dicha condena, el Parlamento Europeo pedía simultáneamente preservar la relación estratégica entre la Unión Europea y Marruecos y retornar a una asociación constructiva y fiable. Toda la paradoja de la relación actual ya estaba contenida en esa resolución. Europa podía reprochar severamente su comportamiento a Marruecos sin dejar de considerar que lo necesitaba. Cinco años después, esa contradicción persiste.
Sin embargo, la crisis de 2026 no es exactamente la de 2021
Conviene evitar aquí una conclusión demasiado fácil. El precedente de 2021 no permite afirmar automáticamente que la crisis de 2026 haya sido organizada por Rabat. Marruecos rechaza esta acusación. Las autoridades marroquíes destacan, en particular, una resolución judicial española del 8 de julio que limitó la posibilidad de devolver de inmediato a ciertas personas que habían entrado de forma irregular en los enclaves españoles. Según Rabat, esta evolución jurídica habría debilitado el efecto disuasorio del dispositivo fronterizo y habría sido rápidamente aprovechada por las redes de tráfico de personas y por informaciones que circulaban en las redes sociales. Los responsables marroquíes afirman asimismo que los controles no se relajaron voluntariamente y recuerdan la magnitud de los medios humanos movilizados desde hace años para evitar las salidas irregulares hacia Europa.
Por el lado español, las dudas persisten. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, acusó a Rabat de haber favorecido o permitido el aflujo. Informaciones procedentes de los servicios españoles citadas en la prensa sugieren una situación más compleja: un relajamiento de los controles podría haber facilitado los pasos sin que por ello esté probado que la operación fuera directamente orquestada por las autoridades marroquíes. Esta distinción es fundamental. Un análisis riguroso debe, por tanto, separar dos cosas: el precedente político de 2021, que está documentado, y la interpretación de las responsabilidades en la crisis de 2026, que sigue siendo objeto de disputa. Pero políticamente, el problema de Marruecos es otro: el recuerdo de 2021 condiciona necesariamente la manera en que cada nueva crisis se interpreta en Madrid y en Bruselas.
Lo que Europa realmente reprocha a Marruecos
Por tanto, la cuestión va mucho más allá del número de migrantes que cruzaron la frontera. El verdadero problema europeo es el de la previsibilidad del socio marroquí. Durante años, la Unión Europea ha externalizado progresivamente una parte del control de sus fronteras mediante el desarrollo de asociaciones con los países de tránsito y de origen. Marruecos ocupa en este sistema una posición excepcional. Controla un tramo esencial de las rutas migratorias del Mediterráneo occidental y del Atlántico. Coopera con España contra las redes de tráfico ilegal. Constituye un socio clave en la lucha antiterrorista y contra la delincuencia transfronteriza.
Sin embargo, este modelo funciona a condición de que la cooperación sobreviva a las crisis diplomáticas. Y Ceuta plantea precisamente esa incógnita: ¿qué ocurre cuando los intereses políticos de Rabat y los de un Estado europeo divergen profundamente? ¿Sigue siendo la migración un ámbito de cooperación protegido de los conflictos diplomáticos o puede convertirse en un elemento de la relación de fuerzas? Es esta inquietud la que explica la reacción europea mucho más que la mera cuestión migratoria.
Bruselas empieza a hablar el lenguaje de la relación de fuerzas
La reaccion del comisario europeo de Asuntos Interiores y Migración, Magnus Brunner, resulta muy reveladora a este respecto. Tras la crisis de Ceuta, consideró que la Unión debía ser capaz de utilizar en mayor medida los instrumentos de los que dispone para obtener una cooperación sólida por parte de Marruecos, mencionando expresamente los visados y el comercio. La idea es políticamente de gran calado. Significa que algunos responsables europeos ya no quieren que el control de una frontera exterior de la Unión dependa en exceso de la voluntad de un tercer país.
Así, la reflexión europea podría evolucionar desde una lógica de cooperación hacia una dinámica más basada en la reciprocidad: gestión migratoria a cambio de ventajas europeas. Europa dispone, en efecto, de palancas considerables. Pero Marruecos también las tiene. Por eso mismo, una ruptura resultaría gravosa para ambas partes.
La paradoja: seis meses antes, Bruselas celebraba la confianza con Rabat
La cronología merece ser destacada. El 29 de enero de 2026, con motivo del Consejo de Asociación UE-Marruecos en Bruselas, la alta representante europea Kaja Kallas y el ministro marroquí de Asuntos Exteriores Nasser Bourita celebraban una asociación construida, según su comunicado conjunto, sobre más de medio siglo de cooperación y confianza mutua. Ambas partes reafirmaban su voluntad de profundizar una asociación estratégica calificada de privilegiada.
Seis meses más tarde, un comisario europeo menciona los visados y el comercio como posibles instrumentos de presión para garantizar la cooperación marroquí en materia migratoria. El contraste es espectacular. Pero probablemente sería un error interpretarlo como el inicio de un divorcio definitivo. Revela, más bien, la nueva naturaleza de la relación Marruecos-Europa.
¿Puede Europa prescindir realmente de Marruecos?
Difícilmente. Las cifras comerciales bastan para entender el porqué. En 2025, el intercambio de mercancías entre la Unión Europea y Marruecos alcanzó unos 62.200 millones de euros. La Unión sigue siendo el primer socio comercial del Reino y su principal inversor extranjero. Marruecos es, por su parte, el primer socio comercial de la Unión entre los países de la Vecindad Sur.
A esta interdependencia económica se añaden la seguridad, la lucha antiterrorista, la migración, la energía, la industria automotriz, las cadenas de producción europeas, la agricultura, las infraestructuras y las ambiciones comunes en materia de energías renovables. Marruecos posee además otra característica que se ha vuelto sumamente valiosa a ojos de los europeos: la estabilidad. En una región que abarca desde el Sahel hasta Libia y Oriente Medio, la Unión Europea considera al Reino como un socio con el que se pueden articular políticas a largo plazo. Un deterioro profundo de las relaciones con Rabat tendría, por ende, un coste considerable para Bruselas. Pero lo contrario es igualmente cierto.
¿Puede Marruecos prescindir de Europa?
Tampoco es sencillo. La geografía sigue siendo implacable. Europa representa el principal mercado de exportación de Marruecos, una fuente primordial de inversiones y un socio clave para la industria, el turismo, las infraestructuras y la transferencia tecnológica.
Esta interdependencia constituye precisamente el mejor seguro contra una ruptura. Rabat y Bruselas pueden chocar brutalmente en determinados expedientes. Pueden incluso atravesar etapas de desconfianza. Sin embargo, sus intereses los devuelven periódicamente a la mesa de negociación. Es lo que ocurrió tras 2021. Y es probablemente lo que sucederá tras 2026.
El Sahara Occidental sigue siendo la otra gran ecuación
Cualquier análisis de la relación entre Marruecos y Europa estaría incompleto sin abordar el Sahara Occidental. Este expediente atraviesa casi todas las grandes crisis diplomáticas marroquíes con determinados socios europeos. Desde hace varios años, Rabat ha hecho de la clarificación de las posiciones internacionales sobre el Sahara una prioridad central de su diplomacia. Varios Estados europeos han modificado su postura, en ocasiones de manera sustancial. Así, España consideró en 2022 la iniciativa de autonomía marroquí como la base más seria, realista y creíble para resolver el litigio. Francia fue aún más lejos en su acercamiento a Rabat.
No obstante, conviene distinguir entre los gobiernos europeos y las instituciones de la Unión. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea recordó en octubre de 2024 los condicionantes jurídicos particulares que rodean la aplicación al Sahara Occidental de los acuerdos celebrados entre la Unión y Marruecos. Esta brecha entre la diplomacia de las capitales europeas y el derecho europeo configura una relación de enorme complejidad. Rabat puede lograr avances políticos ante París, Madrid u otros gobiernos mientras encuentra obstáculos ante los órganos jurisdiccionales europeos. Esto alimenta a veces, en la parte marroquí, la sensación de que Europa envía mensajes contradictorios.
¿Ha cambiado la mirada europea sobre Marruecos?
Sí, probablemente. Pero no en el sentido simplista de una Europa que se habría vuelto hostil hacia Marruecos. El cambio es más profundo. Marruecos ya no es percibido únicamente como un país de la Vecindad Sur al que Europa aporta financiación, cooperación y acceso privilegiado a su mercado. Es considerado ya un actor regional con intereses propios, ambiciones definidas y, sobre todo, una importante capacidad de negociación.
En otras palabras, Marruecos se ha vuelto más fuerte en su relación con Europa. Y esta evolución genera mecánicamente una reacción europea. Cuanto más indispensable resulta Marruecos, más conscientes se vuelven los europeos del riesgo de dependencia. Esto se observa con especial claridad en el ámbito migratorio. Cuando el sistema funciona, Rabat aparece como el socio que contribuye a proteger la frontera europea. Cuando el sistema se desajusta, esa misma dependencia se convierte en una vulnerabilidad. Es la paradoja central de la relación.
Europa mira ahora a Rabat como a un socio… y como a una potencia
Durante mucho tiempo, las relaciones euromediterráneas estuvieron estructuradas por una marcada asimetría. Europa poseía el capital, el mercado, las inversiones y la influencia política. Los países del Sur buscaban acceder a esos recursos. Esta arquitectura está cambiando. Marruecos dispone hoy de múltiples bazas: su posición geográfica, su estabilidad, su política africana, sus infraestructuras, su cooperación en materia de seguridad, sus recursos energéticos potenciales, su papel migratorio y su relevancia en ciertas cadenas industriales europeas.
Así pues, Rabat negocia en mayor medida de igual a igual. Pero pasar de una relación asimétrica a una dinámica de poder a poder—incluso entre socios de dimensiones muy distintas—genera inevitablemente más tensiones. Lo que algunos responsables marroquíes consideran la defensa legítima de los intereses nacionales puede ser percibido en Bruselas como una forma de presión. Y lo que Bruselas entiende como la aplicación del derecho europeo puede ser interpretado en Rabat como un cuestionamiento de sus intereses estratégicos. La relación se ha vuelto, por tanto, más madura, pero también más compleja.
¿Se ha roto realmente la confianza?
Probablemente no. Sin embargo, se ha vuelto mucho más condicional. Esta distinción es importante. Una quiebra total de la confianza presupondría que Bruselas considera ahora a Marruecos como un socio no fiable con el que habría que reducir las relaciones. No estamos en ese punto.
Pocos días después de la crisis, Rabat anunció, de hecho, su disposición a cooperar con España y los demás países europeos para identificar y facilitar el retorno de los menores marroquíes no acompañados. Este gesto posee un gran significado político. Demuestra que al propio Marruecos no le interesa dejar consolidar la imagen de un país que utiliza la migración como un instrumento diplomático permanente. Pues esa percepción podría terminar resultando muy costosa.
Si Bruselas concluyera que las crisis migratorias se convierten sistemáticamente en un medio de presión en las discrepancias con Rabat, las consecuencias irían mucho más allá de Ceuta. Los europeos buscarían probablemente reducir su dependencia, reforzar directamente sus fronteras y condicionar en mayor medida ciertos beneficios otorgados a los países socios. Este escenario no resultaría ventajoso ni para Europa ni para Marruecos.
¿Quedará todo esto en el olvido?
En diplomacia, las crisis rara vez se olvidan; más bien se absorben. El episodio de 2021 es prueba de ello. Pocos meses después de una de las crisis más graves entre Rabat y Madrid, ambas capitales reconstruyeron progresivamente su relación. España modificó su posición sobre el Sahara Occidental. La cooperación migratoria se reanudó. Los intercambios económicos se estrecharon. Sin embargo, cuando Ceuta volvió a verse bajo presión en 2026, el recuerdo de 2021 reapareció de inmediato.
Esto significa que las crisis desaparecen de los titulares sin desaparecer necesariamente de la memoria institucional. La crisis actual seguirá probablemente el mismo camino. Será gestionada. Los migrantes serán progresivamente atendidos o devueltos. Madrid y Rabat continuarán negociando. Bruselas buscará nuevos mecanismos de cooperación. El comercio recuperará su espacio habitual en la relación. Pero en las administraciones europeas quedará una pregunta flotando en los expedientes: ¿qué ocurrirá en la próxima gran divergencia política con Rabat?
Ni ruptura ni retorno al pasado
El escenario más probable no es, por tanto, una ruptura entre Marruecos y la Unión Europea. Tampoco lo es un mero retorno al statu quo anterior. Algo ha cambiado desde 2021 y la crisis de 2026 podría acelerar esa evolución.
La Unión Europea buscará probablemente hacer su cooperación con Marruecos más institucional, más predecible y más sujeta a mecanismos de reciprocidad. Rabat, por su parte, seguirá defendiendo una relación fundamentada en el respeto a sus intereses estratégicos y en un mayor reconocimiento de su peso regional. Ambos socios continuarán necesitándose mutuamente, pero negociarán de forma más dura.
La verdadera pregunta: ¿quién depende de quién?
Quizá sea, a fin de cuentas, la pregunta equivocada. Europa depende de Marruecos para una parte de su seguridad meridional, de su política migratoria y de sus ambiciones económicas y energéticas en el Mediterráneo. Marruecos depende de Europa para una porción esencial de su comercio, sus inversiones y su desarrollo industrial. Esta dependencia es, por tanto, mutua, aunque no sea plenamente simétrica.
Y es precisamente esta interdependencia la que hace improbable una ruptura. La relación Marruecos-Europa entra así en una nueva etapa. Ya no se trata de la relación tradicional entre una gran potencia económica europea y un país de su vecindad meridional; se está transformando en una negociación permanente entre dos socios que conocen perfectamente el valor de las cartas que juegan. Ceuta revela, sencillamente, sus puntos de fricción.
Tras Ceuta, la confianza no desaparecerá, pero ya no será ingenua
La crisis terminará por alejarse de las primeras páginas de los periódicos. Los intereses económicos recobrarán su peso, los ministros se reunirán, los acuerdos seguirán negociándose y la cooperación en materia de seguridad y migración retomará su curso. Sin embargo, creer que nada habrá cambiado sería un error.
Europa seguirá considerando a Marruecos como un socio estratégico de primer orden; tal vez incluso más relevante que antes. Pero intentará, en paralelo, reducir las vulnerabilidades generadas por esa relevancia. Marruecos, por su parte, seguirá exigiendo que Europa no lo trate como un simple beneficiario de su política de vecindad, sino como un actor regional con el que es preciso negociar.
Ahí radica la nueva realidad. La confianza entre Marruecos y Europa no debería desaparecer: se convierte en una confianza vigilada, negociada y condicional. Y paradójicamente, esto también puede ser el signo de una relación que alcanza su madurez. Porque, entre Estados, la confianza nunca significa ausencia de relaciones de poder: significa la capacidad de seguir trabajando juntos a pesar de ellas.
Ceuta representa hoy el banco de pruebas de esa capacidad.



