A medida que se acercan las elecciones legislativas marroquíes de 2026, cobra fuerza el rumor de una predesignación de Fouzi Lekjaa para la jefatura de gobierno. Tras el meteórico ascenso del mandatario del fútbol marroquí, se desvela todo un sistema de captación del poder. Al imponer tecnócratas respaldados desde arriba, el Makhzen no solo desprecia el sufragio universal; sofoca las aspiraciones de un pueblo agotado por las crisis sociales y sediento de una verdadera soberanía.
Hay algo profundamente trágico en la manera en que se perfila el futuro político de Marruecos. A casi dos años de las elecciones legislativas de 2026, las cartas parecen ya echadas. En los salones de Rabat, en las redacciones bajo control y en las redes sociales, un solo nombre resuena como una certeza prefabricada: Fouzi Lekjaa. Ministro delegado del Presupuesto y presidente de la Real Federación Marroquí de Fútbol (FRMF), el hombre acaba de afiliarse oficialmente al Partido Autenticidad y Modernidad (PAM). Una maniobra que no ha engañado a nadie. El mensaje es claro: aquí está su próximo Jefe de Gobierno. ¿Pero quién lo ha decidido? Ciertamente no los marroquíes. Esta crónica de un nombramiento anunciado es un insulto a la inteligencia de un pueblo que, sin embargo, ha demostrado su madurez política. Al catapultar a una figura tecnocrática hacia la cima del ejecutivo antes de que se haya depositado la primera papeleta en la urna, el aparato estatal —el Makhzen— perpetúa una triste tradición: la de la confiscación de la elección democrática.
La ilusión del «salvador» tecnócrata
La historia se repite y la memoria marroquí todavía sangra por la experiencia anterior. Recordemos 2021: Aziz Akhannouch, multimillonario y líder de la Agrupación Nacional de los Independientes (RNI), fue llevado al poder por una ingeniería política similar. Se le presentaba como el gestor providencial, el hombre capaz de dirigir el Estado como se gestiona un conglomerado próspero.
Tres años después, el balance es demoledor. Los marroquíes se asfixian bajo el peso de una inflación galopante. El desempleo devasta a la juventud —uno de cada tres jóvenes activos está en el paro—, la crisis del agua seca los campos y el poder adquisitivo no es más que un lejano recuerdo. En los hospitales públicos falta de todo y las escuelas continúan fabricando desigualdad. Akhannouch, propulsado por las altas esferas para «hacer el trabajo», ha demostrado sobre todo los límites de una gobernanza desconectada de las realidades populares.
Hoy nos vuelven a representar la misma obra con Fouzi Lekjaa. Porque equilibró presupuestos u orquestó brillantemente la epopeya de los Leones del Atlas en el Mundial de 2022, sería el hombre providencial para guiar a Marruecos hacia la Copa del Mundo de 2030. ¿Pero desde cuándo la gestión de una federación deportiva, por muy prestigiosa que sea, sustituye a un proyecto de sociedad? Un país de casi 40 millones de almas, atravesado por profundas brechas sociales, no se gestiona como se organiza un torneo de fútbol. Los marroquíes no piden estadios climatizados; exigen pan, dignidad, hospitales que mimen la salud y escuelas que instruyan.
Un déficit democrático asfixiante
Lo que está en juego aquí supera con creces la persona de Fouzi Lekjaa. Es la supervivencia misma de la idea democrática en Marruecos. La Constitución de 2011, arrancada en las calles durante el Movimiento del 20 de Febrero, prometía una monarquía parlamentaria donde las urnas dictarían la alternancia. Sin embargo, la realidad es la de una democracia de fachada.
Cuando los partidos políticos —pensados para ser las correas de transmisión de la voluntad popular— se reducen a simples cáscaras vacías a la espera de que les paracaideteen a un líder desde la administración, es todo el contrato social el que se derrumba. El PAM, al acoger a Lekjaa, no recluta a un militante; importa un aval estatal para garantizar su victoria. Es el triunfo de la burocracia sobre la política, del casting sobre las elecciones.
Este bloqueo se acompaña de un clima de represión encubierta. ¿Cómo hablar de libre elección cuando la prensa independiente ha sido metódicamente desmantelada? Las condenas a periodistas de investigación como Taoufik Bouachrine, Soulaimane Raissouni o Omar Radi —a menudo bajo el manto de acusaciones morales falaces— han enviado un mensaje gélido a cualquiera que se atreva a mirar al poder cara a cara. Los informes de Human Rights Watch y Amnistía Internacional describen un «ecosistema de represión» donde la disidencia es aplastada para mantener la ilusión de una estabilidad perfecta. En este silencio forzado, el nombramiento preventivo de un Primer Ministro pasa por una simple formalidad administrativa.
El pueblo merece algo mejor
¿Acaso este país no merece algo mejor? ¿No merecen los marroquíes, que han construido esta nación con el sudor de su frente, el derecho fundamental a elegir libremente a quienes los gobiernan?
Esperar a las elecciones. Dejar que los partidos debatan, propongan visiones contrapuestas y permitir que cada ciudadano decida en el secreto de la cabina de votación. Eso se llama democracia. Es el mínimo vital para una nación que pretende sentarse a la mesa de las grandes potencias emergentes.
La estrategia de los grandes proyectos y la proyección internacional —trenes de alta velocidad, megapuertos, Copa del Mundo de 2030— es un escaparate magnífico. Pero un escaparate no alimenta a un pueblo. Si el desarrollo no cala hacia abajo, si no se traduce en una justicia social tangible y un respeto escrupuloso de los derechos humanos, no es más que un espejismo.
Marruecos se encuentra en un punto de inflexión. Continuar por la vía de la confiscación del poder por parte de una élite tecnocrática es correr el riesgo de una ruptura definitiva entre el Estado y la sociedad. La rabia se acumula, silenciosa pero profunda. Es hora de devolver el poder a quien le pertenece por derecho: al pueblo marroquí.
La democracia no es un lujo reservado a otros. Es la única garantía de una verdadera paz social. Solo depende de nosotros, como ciudadanos, rechazar los guiones escritos de antemano.
Isaac Hammouch es un periodista y escritor belga-marroquí. Autor de varios libros y de numerosas columnas de opinión, analiza las dinámicas sociales, las cuestiones de gobernanza y las transformaciones del mundo contemporáneo.




