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La derecha democrática española ya no sólo envenena los intereses internacionales de España, sino que envenena la convivencia nacional
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La preocupación por el medio ambiente nos hace comprender que el ambiente está en medio de todo, en nuestro cuerpo, nuestra casa y la naturaleza de la tierra, los mares y las estrellas. El calor asalta el cuerpo, porque el calor llama a la puerta de nuestros domicilios y nos espera en la calle. La intimidad, lo privado y lo público son uña y carne, una lección de la poesía no hermética y de los días de calor no encerrados en los frigoríficos. Un mundo crispado se encarna en la crispación nacional, y la lógica puede interiorizarse en cada uno de los nosotros, seres agresivos y desmantelados. El ánimo desesperado suele conducir al abismo. Así que la crispación asumida como norma para atacar al enemigo llega a convertirse en un proceso de autodestrucción. Creo que es lo que le está ocurriendo al PP como representante de la derecha democrática española.
Su política de oposición contra el Gobierno es un foco internacional de desprestigio de nuestros intereses, un foco de política activa antiespañola en Europa, Latinoamérica y EE UU. Ahora ya envenena hasta las relaciones con un país tan cercano y necesario como Francia. En el ámbito doméstico, el Parlamento se ha convertido en una casa de fieras y los insultos están a la orden del día en las salas de reuniones de cualquier institución, muy animados por las cajas de grillos del pseudoperiodismo y las redes de comunicación. La derecha democrática española ya no sólo envenena los intereses internacionales de España, sino que envenena la convivencia nacional con las banderas del racismo, el machismo y la falta de respeto a la diversidad. En su deseo desesperado de gobernar, el PP se está autodestruyendo para ponerse en manos de Vox y cuando llega a un gobierno ya no llega él, sino la extrema derecha. La interiorización de este calor provoca crispaciones íntimas, pero también tristeza en los que consideramos necesaria una derecha democrática.
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elpais.com




