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En la primera parte de esta reflexión sobre la política y su autonomía he analizado su papel como relaciones de poder. Ahora, explico que la democracia y la articulación popular son claves para las izquierdas.
Hay que reseñar las diferencias del papel de la política entre las derechas (y el nazi Schmitt), que tienen el control-propiedad de la realidad económica e institucional, del poder real, y las izquierdas, vinculados casi solo a su base social y a la democracia; o sea, su prioridad debe ser la acumulación de fuerzas sociopolíticas o contrapoder popular (y en las instituciones). La imbricación de la representación política de las derechas respecto del gran poder económico es mucho más directa; véase, por ejemplo, la actual conexión del trumpismo con los grandes oligarcas tecno-financieros.
El elemento clave es la articulación participativa en el conflicto social por los intereses, demandas y aspiraciones democrático-populares
En las izquierdas, sin tanta vinculación con el poder económico o institucional del aparato estatal, se necesita un mayor refuerzo de la articulación democrática de su base ciudadana para tener influencia política y poder, social e institucional. Ello supone que su mayor riesgo es la tendencia corporativa de priorizar los intereses de esa élite política o gestora respecto de su base representativa popular.
Las dinámicas burocráticas, elitistas y de privilegios grupales ha llevado a esa nomenklatura aristocrática de las capas gobernantes de los países del socialismo real, aislada de las clases trabajadoras o del pueblo, hacia la conformación de una casta autónoma de su base social. Han practicado la autonomía de la política para imponerse a la población de a pie, en beneficio del grupo dirigente.
Su influjo cultural y posicional ha llegado hasta los partidos comunistas en las democracias liberales, aunque menos dependientes de esa tendencia corporativa, por un lado, por estar menos imbricados con el poder estatal y económico y, por otro lado, por tener la necesidad de una continuada acción democrática.
En los partidos socialdemócratas europeos, muchos de ellos con larga posición gubernamental e institucional, sí han sido vulnerables a esta dinámica oligárquica de sus aparatos dirigentes, acentuada por su disociación con sus bases de clases trabajadoras y sus principales demandas, así como por su giro centrista o de tercera vía hacia la representación prioritaria de las clases medias, con el argumento de ensanchar su representatividad, y su vinculación con el poder establecido neoliberal.
Es el principal componente de la acción política transformadora, sobre el que se interconectan la realidad material e institucional y la dinámica cultural o ideológica
Sin embargo, para la representación popular de izquierda transformadora, es todavía más decisivo un profundo arraigo social, la actitud y la regulación democrática, así como la ética conductual y orgánica. Se trata de la prevención de la corrupción político-ideológica, material y de estatus, con la priorización de sus privilegios de casta diferenciada.
Dando por supuesta la necesidad de la configuración de una representación popular (representativa), élite política (experta), partido de vanguardia (organizativo) o núcleo irradiador (cultural), pasa a primer plano la problemática de su carácter democrático y su papel mediador con las capas sociales o la ciudadanía a las que aspirar a representar, orientar o articular.
De todo ello hay una amplia literatura en la teoría política, desde el estudio de las tendencias oligárquicas en los partidos políticos hasta las respuestas tradicionales desde el anarquismo, el consejismo o la experiencia de las organizaciones y movimiento sociales, así como de plataformas más o menos formales y coyunturales, sobre las que no entramos en detalle y que necesitan una adecuación y reinterpretación a las nuevas realidades.
Por tanto, son de interés las aportaciones sobre la autonomía de lo político (o la cultura) y la formación del sujeto de cambio. Por una parte, con la diferenciación respecto de esa tradición mecanicista dominante en la vieja izquierda comunista (o socialdemócrata). Por otra parte, hay que criticar las reinterpretaciones subjetivistas o voluntaristas provenientes, entre otros, del populismo postmarxista de Laclau, con su idealismo discursivo, que considera lo fundamental de la política la lucha ideológica de la élite intelectual transformadora, con cierto hiperliderazgo, que fundamentaría y crearía el sujeto social posterior.
También hay que superar a Tronti y sus límites -y los de cierto marxismo o eurocomunismo cultural- y matizar la dimensión de la autonomía de lo político y su interacción con la experiencia articuladora concreta de los agentes sociopolíticos. El factor fundamental es la mediación entre, por un lado, las estructuras socioeconómicas y las relaciones de poder y, por otro lado, la cultura, la subjetividad y la capacidad organizacional de las capas populares por un cambio igualitario, junto con sus representaciones sociales y políticas.
En definitiva, el elemento clave es la articulación participativa en el conflicto social por los intereses, demandas y aspiraciones democrático-populares. Es el principal componente de la acción política transformadora, sobre el que se interconectan la realidad material e institucional y la dinámica cultural o ideológica a través de esa experiencia popular.
Se trata de realismo sociohistórico y multidimensional, junto con voluntad transformadora, conciencia ética y actitud democrática. En este contexto, de profundas mutaciones en distintos planos, todavía es más necesario su análisis para facilitar la reconstrucción del sujeto de cambio igualitario y emancipador y ajustar la acción sociopolítica.
Antonio Antón | Sociólogo y politólogo. Autor del libro “Cambio de ciclo. Desafíos para las izquierdas”
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www.nuevatribuna.es




