Por Isaac Hammouch
Desde los trágicos acontecimientos del 7 de octubre, cierta retórica diplomática y mediática intenta imponer la idea de un Estado de Israel aislado, cortado de sus socios y proscrito por las naciones. Sin embargo, cuando se dejan de lado las declaraciones de intenciones para concentrarse en la realidad de las cifras, los intercambios comerciales y las alianzas estratégicas, el panorama que se dibuja es radicalmente diferente. Lejos de estar solo, Israel demuestra un poder económico, tecnológico y diplomático que se afirma mucho más allá de sus fronteras, consolidando su posición como actor indispensable en la escena mundial.
El derecho inalienable a la legítima defensa frente al doble rasero
Antes de abordar la dinámica económica, es crucial recordar el fundamento de la acción israelí. Frente a una agresión terrorista de una magnitud sin precedentes, la respuesta del Estado hebreo se inscribe en el estricto ejercicio de su derecho a la legítima defensa, tal como lo garantiza la Carta de las Naciones Unidas. La guerra asimétrica impuesta por un adversario que instrumentaliza a su propia población civil obliga a Israel a realizar esfuerzos sin precedentes para atacar la amenaza minimizando al mismo tiempo los daños colaterales.
A pesar de ello, Israel se enfrenta a un doble rasero institucionalizado en el seno de los organismos internacionales. La Asamblea General de la ONU adopta regularmente más resoluciones contra el único Estado de Israel que contra el conjunto de todos los demás países del mundo reunidos. Este sesgo sistemático, motivado en gran medida por alianzas políticas automáticas de ciertos bloques de países, tiende a crear una ilusión de aislamiento diplomático. Sin embargo, la realidad de las cancillerías y de los ministerios de Economía cuenta una historia muy diferente.
Los Acuerdos de Abraham: Un éxito económico cuantificado
Una de las pruebas más emblemáticas de la integración regional de Israel radica en el éxito tangible de los Acuerdos de Abraham. Lejos de ser simples tratados sobre el papel, estos acuerdos de normalización han generado una verdadera explosión del comercio, demostrando que la paz es, ante todo, un vector de prosperidad mutua.
Los Emiratos Árabes Unidos ilustran perfectamente esta dinámica. Entre 2021 y 2024, el volumen total del comercio de bienes entre Israel y los Emiratos superó los 6.400 millones de dólares. En 2024, el comercio bilateral alcanzó más de 3.000 millones de dólares. Esta alianza es profundamente complementaria: Israel exporta principalmente tecnología, ciberseguridad y equipos médicos, mientras que importa bienes valiosos y energía.
Marruecos también obtiene un beneficio considerable de esta normalización. El volumen de los intercambios comerciales con Israel pasó de unos 41 millones de dólares en 2021 a cerca de 240 millones de dólares en 2024, lo que supone multiplicarse por seis en solo tres años. Las exportaciones marroquíes hacia Israel (particularmente en los sectores textil y agroalimentario) han encontrado un nuevo mercado lucrativo, mientras que Rabat se beneficia de la experiencia israelí en gestión del agua, agricultura de precisión y tecnologías de defensa.
Bahréin, aunque representa un mercado más modesto, vio cómo sus intercambios con Israel alcanzaban más de 50 millones de dólares en el período 2021-2024. Más allá de las cifras globales, los Acuerdos de Abraham han sentado las bases para inversiones cruzadas masivas, flujos turísticos inéditos y una cooperación vital en materia de seguridad frente a las amenazas regionales comunes.
Diplomacia en la sombra: Alianzas discretas y pragmáticas
La fuerza de la economía israelí radica también en su capacidad para mantener y desarrollar sólidas relaciones comerciales con países que, en la escena pública, muestran una postura crítica o incluso hostil. Este pragmatismo económico demuestra que los intereses nacionales suelen prevalecer sobre la retórica política.
El caso de Turquía es particularmente revelador. Aunque el presidente turco anunció con vehemencia en mayo de 2024 la suspensión total del comercio con Israel debido a la guerra, la realidad de los flujos económicos es mucho más matizada. Antes de este anuncio, el comercio bilateral rondaba los 7.000 millones de dólares anuales. A pesar del embargo oficial, las importaciones israelíes de productos turcos ascendieron, aun así, a más de 924 millones de dólares en 2025. Esta continuidad del comercio se explica por el ingenio de los actores económicos que eluden las prohibiciones a través de terceros países, utilizando en particular los puertos griegos para reexportar las mercancías hacia Haifa o Ashdod. Este comercio indirecto demuestra que la economía turca no puede permitirse cortar totalmente los lazos con un socio tan solvente.
De manera aún más discreta, Estados que no reconocen oficialmente a Israel y mantienen un discurso público virulento, como Argelia, mantienen canales de comunicación e intercambios indirectos. Aunque estas relaciones se guardan celosamente en secreto por razones de política interna, informes regulares dan cuenta de cooperaciones de seguridad o comerciales que transitan por intermediarios europeos o africanos. Este doble juego pone de manifiesto la hipocresía de ciertos regímenes que condenan a Israel de día, mientras se benefician de su conocimiento tecnológico de noche.
El eje indo-mediterráneo: Nuevos horizontes estratégicos
La influencia de Israel se extiende mucho más allá de Oriente Medio, tejiendo importantes alianzas estratégicas. La India se ha convertido en uno de los socios más cruciales del Estado hebreo. El comercio bilateral, excluyendo los diamantes, supera con creces los 4.000 millones de dólares anuales. La India es hoy el primer comprador mundial de armamento israelí, integrando las tecnologías de vanguardia de las FDI en su propia arquitectura de defensa. A cambio, esta alianza abre a Israel las puertas del inmenso mercado asiático y consolida una fuerte alianza geopolítica frente a los desafíos globales.
En el Mediterráneo oriental, Israel ha forjado una temible alianza energética y de seguridad con Grecia y Chipre. En torno a la explotación de los inmensos yacimientos de gas en alta mar (como el campo Leviatán), este trío rediseña el mapa energético de la región, ofreciendo a Europa una alternativa creíble para su suministro de gas natural.
Una hiperpotencia económica y tecnológica mundial
Para comprender por qué el aislamiento de Israel es una quimera, basta con mirar su peso macroeconómico. ¿Cómo puede un país de solo 9 millones de habitantes, grande como un departamento francés, desprovisto de recursos naturales importantes y obligado a asignar una parte colosal de su presupuesto a su defensa, imponerse como semejante potencia?
La respuesta radica en su capital humano y en su ecosistema de innovación, la famosa «Silicon Wadi». En 2025, el PIB de Israel supera los 540.000 millones de dólares, situándolo cómodamente entre las 30 economías más grandes del mundo. Más impresionante aún, su PIB per cápita ronda los 54.000 dólares, un nivel superior al de países como Francia, el Reino Unido o Japón, situándolo entre las 20 naciones más ricas del mundo por habitante.
A pesar del impacto de la guerra, la economía israelí ha demostrado una resistencia excepcional. Allí donde muchos expertos predecían un colapso, el crecimiento ha vuelto a repuntar. En el tercer trimestre de 2025, el país registró un espectacular salto de crecimiento anualizado de más del 12%. Instituciones como la OCDE o la revista The Economist clasifican regularmente a Israel entre las economías más eficientes y resilientes de la organización.
Esta prosperidad está impulsada por un sector de alta tecnología que no conoce la crisis. Las exportaciones tecnológicas representan más de la mitad de las exportaciones totales del país. El mundo entero depende de los chips electrónicos diseñados en Israel, de sus algoritmos de inteligencia artificial y de sus soluciones de ciberseguridad.
El escudo de la innovación en defensa
Por último, la industria de armamento israelí bate todos los récords, demostrando que el mundo se disputa la experiencia en seguridad del Estado hebreo. En 2025, las exportaciones de defensa alcanzaron la cifra histórica de 19.200 millones de dólares, marcando un aumento del 30% respecto al récord de 2024 (14.800 millones).
Contrariamente a las ideas recibidas, no son los países aislados los que compran estas armas, sino las democracias occidentales. Europa es el primer cliente de Israel, absorbiendo el 36% de estas exportaciones (es decir, cerca de 6.900 millones de dólares), impulsada en particular por el megacontrato alemán para el sistema antimisiles Arrow 3. Los sistemas de defensa aérea (como el famoso Cúpula de Hierro), la optoelectrónica y los drones «probados en combate» son percibidos como garantías de seguridad indispensables por naciones europeas preocupadas por las tensiones mundiales.
Conclusión
Las cifras son tercas y se niegan a plegarse a las narrativas políticas. La realidad de Israel en 2025 y 2026 no es la de una nación aislada, sino la de una hiperpotencia regional y un actor mundial de primer orden. Gracias a los beneficios mutuos de los Acuerdos de Abraham, al pragmatismo del comercio indirecto con sus detractores, a sólidas alianzas estratégicas desde la India hasta Grecia, y a una economía floreciente impulsada por la innovación, Israel se impone como un socio indispensable. Su resistencia ante la guerra y su insolente prosperidad económica constituyen la mejor respuesta a quienes apuestan por su debilitamiento. El mundo necesita a Israel, y las cifras lo demuestran cada día.



