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El peso de las palabras

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El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.


Fuente:

elpais.com

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