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“La única vía para que ellos ganen es que retrocedamos.Y no vamos a retroceder. No nos vamos a rendir. No vamos a abandonar. ¡Pelead, pelead, pelead!” Steve Bannon
En 1789 el Tercer Estado francés, “desde el más rico de los burgueses al más miserable de los mendigos” escribe Lefebvre, representaba el 96% de la población. La Revolución francesa significó la regulación del 4% restante; dos privilegiados estamentos, Clero y Nobleza, exentos tradicionalmente de contribución ordinaria a la Hacienda Real. Si hasta entonces los fundamentos del Antiguo Régimen descansaban en la particularidad de estos dos grupos, la constitución de una Soberanía Nacional reguladora que los integrara junto al otro 96%, era algo que aquellos no estaban dispuestos a tolerar.
En 1793 la derrota de Robespierre significaba la derrota de la versión más social de la Revolución. Con la República en estado crítico, Napoleón asumía el gobierno hasta implantar su inapelable dictadura, expresión de la ideación liberal-burguesa superadora del Antiguo Régimen. Se reafirmaban las conquistas arrancadas diez años antes: meritocracia (por entonces revolucionaria) frente a cuna, Iglesia nacional, libertad de comercio e industria, pero también distribución de la tierra, cartas de propiedad campesinas, fiscalización de clero y nobleza, un nuevo marco educacional con escuelas de enseñanza primaria, secundaria, liceos, escuelas superiores, miles de becas, libertad de religión… (Nótese la diametral diferencia respecto al impostor liberalismo español acólito al trono que está por llegar).
En 1830 esta poderosa burguesía confirmaba su definitivo acceso al poder sin que los nostálgicos pudieran ya retrotraer sus consecuencias. Si el tiempo napoleónico inauguraba las bases del cruel capitalismo dickensiano que había de imperar en el Continente, a partir de Marx, la incontenible emergencia de reclamos sociales determinaba, por vez primera, la negociación o cautelas preventivas, si se quiere, de las oligarquías europeas. Bismarck lo comprendió bien; el sistema capitalista debía ser el primer interesado en concertar un mínimo bienestar social: “O esto o la revolución” espetaba al empresariado alemán sentando las primeras bases de la prevención (seguridad) social que poco a poco había de implantarse en Europa.
Con el nacimiento de la Unión Soviética, no es ningún secreto que gran parte de aquellas oligarquías vieron en Hitler su anhelado ángel exterminador frente a la nueva amenaza comunista. Ingleses y franceses consentían en Munich la expansión del III Reich a los Sudetes checoslovacos. ¿Apaciguar a la bestia? Para entonces (en 1938) y a falta de afros, amerindios, musulmanes y otros emigrantes de hoy, Hitler ya había aplastado a judíos, gitanos, rumanos y otros emigrantes de antaño, y mucho más importante aún, que es de lo que trata todo esto, había ya destruido a todos los rubios comunistas y socialistas de apellidos teutones. ¿Socialismo? Solo si contribuye a la grandeza de la nación –escribe en Mein Kampf– que, como sabemos, no es otra que la grandeza de sus grupos dirigentes. Pero, para sorpresa de ojipláticos ingleses y franceses, la Unión Soviética subscribía su particular Pacto de no agresión Ribbentrop-Mólotov con la Alemania nazi. Ahora sí, no quedaba más remedio que declarar toda una II Guerra Mundial.
Vencido el nazi en Stalingrado, todos se apresuraron a reivindicar el epílogo normando y a grabar películas sobre la resistencia dejando bien claro que siempre estuvieron en el lado correcto de la historia. Como resultado, una socialdemocracia liberal (1945-1973) en obligado consenso hacia el Bienestar gracias a la pujanza de las izquierdas europeas y una seria amenaza al otro lado del Muro. Por unos años, el Holocausto llevó al desconcierto a los derrotados. Pronto comprendieron que bastaba con condenar las chimeneas de Auschwitz para retomar la ofensiva en modo decoroso. De la sonrisa de Milton Friedman al iracundo aliento de Bannon solo cambia la estética. Overton permite ya abandonar apariencias y buenos modales. Derrumbado el bluf del creacionismo económico, celestial maquinaria autorreguladora del libre mercado, toca cuanto antes reducir el Estado a brazo policial y militar de los estafadores.
“Nación selecta dentro de la nación” que diría Emmanuel Sieyès, los neofeudales aspiran, en efecto, al regreso al derecho natural; se trata de volver a encastillarse. De hecho, lo están ya; lo han estado siempre. El término no puede resultar más exacto. Dijo Azaña una vez: “No tienen más espíritu que el de la destrucción (…) y esto lo hacen los llamados conservadores. Por eso hay que creer que los conservadores somos nosotros». Huérfanos pronto de pensamiento, acaso solo la memoria nos habrá de recordar que otra sociedad es posible.
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