A sus 85 años y, después de una sesión de maquillaje, Andrea no podía dejar de mirarse al espejo. «Nunca me había visto tan guapa», decía admirando el resultado. Su fascinación era casi conmovedora. Se detenía en cada detalle de un rostro que ha visto … pasar casi un siglo de historia. Otro grupo de mujeres esperaban su turno entre risas y conversaciones. Para muchas fue una experiencia nueva. Para todas, una oportunidad de sentirse protagonistas por un día: «Me siento como una reina, nadie me había maquillado antes».
Con motivo del Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, que se celebra cada de 15 de junio, más de treinta mujeres de las residencias de mayores de Grupo Villamor, fueron convocadas en una iniciativa impulsada por el maquillador Alberto Dugarte. Detrás de sombras de ojos y brochas había un objetivo que sobrepasaba lo estético, reivindicar el derecho a seguir tomando decisiones sobre tu propia vida, independientemente de la edad.
«Tienen derecho a seguir viéndose guapas», defiende María Ramón Fraile, directora del centro. Una afirmación que debería parecer evidente, pero que todavía tropieza con numerosos prejuicios asociados a la vejez. Ahora, a estas mujeres les toca lidiar con la batalla más dura, la aceptación. El desafío más doloroso. Desgraciadamente, el envejecimiento suele venir acompañado de una idea errónea: ciertas ilusiones, inquietudes o deseos pertenecen únicamente a la juventud. «Ahora estoy fea, vivo con ese complejo», confesaba Andrea.
«Tienen derecho a seguir viéndose guapas»
María Ramón Fraile
Directora Grupo Villamor
El caso de Pilar, (86 años) lo esclarece un poco más. En un intento por mejorar su visión en una operación, su hija cuestionó su decisión: «¿Y, quién te va a poner luego las gotas?» A Pilar no le sorprendió que su hija no confiara en sus capacidades, sino que llegara a plantearse el entrar a quirófano. Por suerte, si te lo preguntabas, hoy ve perfectamente: «Entre mis amigos y vecinos, lo hicimos juntos», decía orgullosa.
Estas mujeres confiesan estar acostumbradas a escuchar frases como: «Eres demasiado mayor para..», «eso no es para viejos» o «eso es la edad. Todos estos comentarios se pueden catalogar dentro del edadismo, una forma de discriminación hacia las personas por su edad que, a veces llega de ese mismo modo, disfrazada de preocupación, infantilización, sobreprotección. Aparentemente, el edadismo resulta inofensivo pero no lo es. «La violencia no siempre deja moratones», sostenía la directora.
La ilusión como privilegio
María, al frente del centro, pone el foco en las ilusiones. Aquello que parece incompatible con la vejez. ¿Se trata de un privilegio? ¿es algo incompatible con el paso del tiempo? Según la directora, es el edadismo en sí mismo lo que opaca estas preguntas, «todos tenemos derecho a ilusionarnos«, »la ilusión no tiene fecha de caducidad«. Precisamente, no se trata de dar con el entendimiento, la empatía, el acompañamiento: «Cuidar también es acompañar en esas ilusiones», aportaba Fraile.
Teresa siendo maquillada por profesional en la sesión de estética y peluquería de Alberto Dugarte.
(Isabel Permuy)
Teresa, de 85 años, estaba sentada en la sala con sombras rosas que iluminaban la mirada. Sus ojos observaban entusiasmados deseando expresar la emoción que el proyecto le generaba. Hace 26 años, la vida de esta mujer tocó fondo con la muerte del que fuera su marido y amor de su vida. Su sueño era haber podido viajar con él, pero no pudo ser. El deseo de Teresa se destruyó completamente, pero no consiguió apagar ni sus ganas de vivir ni sus proyectos ni sus recuerdos ni sus deseos. «Yo soy muy feliz». Cambian de forma, pero permanecen. Melancólica, recuerda: «La única pena que tengo es que mi querido se murió hace 26 años y era la única alegría que tenía».
Una lección muy valiosa. Si ni siquiera una pérdida tan profunda logró acabar con su ilusión cuando aún tenía toda una vida por delante, resulta difícil pensar que pueda hacerlo ahora.
«La gente piensa que trabajar con personas mayores es soledad, pero es todo lo contrario»
Inmaculada González
Cuidadora de la residencia Grupo Villamor
Quienes pasan tiempo junto a ellas lo comprueban cada día: «La gente piensa que trabajar con personas mayores es soledad, pero es todo lo contrario», confiesa Inmaculada González, profesional de la residencia Grupo Villamor, en Guadalajara. Lejos de la imagen de tristeza que a menudo se asocia a las residencias, González destaca las enseñanzas que recibe de los propios residentes. Algo tan simple como la posibilidad de « vivir sin tecnología« o de »disfrutar de las cosas más sencillas de la vida«. Aún así, se atreve a admitir que «cuanto más grande es la residencia más soledad se respira» y más dura se hace la jornada.
La unión es tan estrecha que, para muchos de ellos, la residencia se vuelve una segunda familia. Personas mayores y cuidadores comparten más allá del día a día, de hecho, disfrutan juntos de momentos especiales. «He pasado Nocheviejas con ellos», recuerda la especialista. Sin embargo, ¿quién cuida a los cuidadores? «Ellos», los mismos a los que cuidan. Completamente capaces de escuchar, dar amor, cariño, atención…, y, a veces, no se necesita más.
Andrea, nuestra nonagenaria, está más guapa que nunca. Pilar decidió operarse cuando muchos dudaban de que pudiera hacerlo. Teresa sigue emocionándose al recordar los sueños que compartió con su marido. Ninguna de ellas parece haber encontrado el momento exacto en el que debía dejar de ilusionarse.
Fuente:
www.abc.es



