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¿Qué es el “sueño chino de Rejuvenecimiento Nacional”?

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En 2014, una encuesta de China Daily planteó a ciudadanos chinos una pregunta doble: ¿qué país parece el más ideal en la actualidad? La respuesta mayoritaria fue: Estados Unidos. ¿Y dentro de diez años? China. En esa diferencia de diez años cabe todo un proyecto de nación.

Detrás de ese cambio de expectativas hay una política lanzada por Xi Jinping en 2012: el sueño chino de Rejuvenecimiento Nacional. A través de una narrativa anclada en el orgullo civilizatorio de la China antigua, este plan busca restaurar el prestigio que el Reino del Medio perdió durante el Siglo de la Humillación, aproximadamente entre 1850 y 1950. Sus objetivos son concretos: convertir a China en la principal potencia mundial, reunificar al pueblo chino —con especial foco en Taiwán— y hacerlo por la vía del desarrollo pacífico y la armonía. Todo ello antes de 2049, centenario del triunfo de la Revolución y de la fundación de la República Popular.

El legado imperial

La civilización china es una de las más antiguas del mundo. Durante más de dos milenios, una sucesión de imperios gobernó lo que se conocía como el Reino del Medio. Este nombre proviene de que China se concebía a sí misma como el centro de la civilización, demostrando una superioridad tanto cultural como diplomática. Los países que deseaban establecer relaciones comerciales o diplomáticas con el Imperio debían hacerlo como Estados tributarios, reconociendo la supremacía china a cambio de acceso a sus mercados. El legado cultural de estos siglos de civilización en filosofía, arte, escritura o administración sigue impregnando el pensamiento chino hasta hoy.

Fue bajo la dinastía Qing (1644–1912) cuando este arco histórico alcanzó su punto más alto y también su quiebre más profundo. En su apogeo, el Imperio Qing registró un fuerte crecimiento económico, así como una vasta expansión territorial y una posición comercial de fuerza. Occidente era un cliente ávido de seda, porcelana y té chinos, pero China mostraba escaso interés por lo que podía recibir a cambio. El resultado era un importante desequilibrio comercial a favor de China que, a partir del siglo XIX, exasperaba a las potencias europeas. Los británicos, incapaces de competir en términos igualitarios, encontraron una solución brutal: introducir ilegalmente opio desde la India colonial en territorio chino. Cuando China intentó frenar el tráfico y la oleada de adicciones, se desencadenaron las guerras del Opio. El ejército imperial, tecnológicamente obsoleto frente a las fuerzas occidentales, fue derrotado con rapidez. Como consecuencia, China se vio obligada a firmar una serie de tratados desiguales, que incluían ceder, entre otros, el puerto de Hong Kong y abrir sus mercados en condiciones impuestas por potencias extranjeras. 

Mapa de la dinastía Qing

Los primeros gobiernos republicanos después de la caída de la dinastía Qing en 1912 culparon al sistema imperial por la debacle. El resultado fue un rechazo de la monarquía, así como de aspectos centrales de la cultura tradicional china, que quedó asociada al atraso. Con la llegada de Mao Zedong al poder en 1949, la Revolución Cultural intentó erradicar el legado confuciano, considerado un obstáculo al progreso socialista. China había roto con su pasado sin haber resuelto la herida del Siglo de la Humillación. Esa ambivalencia entre el orgullo por la grandeza pasada y el repudio de lo que se percibía como causas del declive es precisamente la tensión que el sueño chino busca resolver.

El rejuvenecimiento como estrategia de reparación

Xi Jinping ha convertido el Rejuvenecimiento Nacional en su misión personal. Su apuesta consiste en abrazar esa historia en su totalidad: recuperar el orgullo civilizatorio del Reino Medio, reparar las humillaciones del siglo XIX y cerrar la fractura abierta desde la caída de la dinastía Qing. El renacimiento nacional es un programa con fechas, objetivos y una narrativa construida sobre cada una de esas heridas.

En su primer discurso como secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), en 2012, Xi articuló esta visión en torno a dos fechas simbólicas. La primera, 2021, el centenario del partido, con el objetivo de consolidar una sociedad moderna y próspera, meta que el partido declaró cumplida al erradicar la pobreza absoluta en el país. La segunda, 2049, centenario de la fundación de la República Popular, marca el horizonte en el que el renacimiento nacional deberá haberse completado plenamente.

Este proyecto se apoya en dos fuentes ideológicas: la primera es el confucianismo y la tradición cultural china, un legado que fomenta la disciplina, la superación personal y la cohesión social a través de la presión colectiva. La segunda es el socialismo: el progreso individual debe redundar en beneficio de la nación, lo que impulsará el crecimiento económico y la proyección internacional del país. Pero el sueño chino se define también en contraposición al sueño americano, dominado por la aspiración individual al éxito como fin en sí mismo. El contraste se encuentra en que China integra esa misma energía individual, pero la redirige hacia el colectivo. Lo que cada ciudadano logra para sí mismo, lo logra también para China. 

La estrategia opera en dos planos. A nivel interno, el objetivo es aprovechar el crecimiento de la clase media para impulsar el desarrollo económico, con la meta de convertir a China en una nación próspera, armoniosa, unida y culturalmente avanzada. Se trata tanto de riqueza material como de la recuperación del orgullo por la cultura tradicional china, que es parte central del proyecto. 

En política exterior, la agenda es aún más explícita: recuperar lo perdido durante el Siglo de la Humillación, tanto en términos de prestigio internacional como de territorio. El caso más concreto es Taiwán, cedida a Japón en 1895 y convertida en 1949 en el refugio del gobierno nacionalista derrotado en la guerra civil. Ese gobierno —que hasta entonces gobernaba la China continental— se instaló en la isla y siguió reclamando ser el legítimo representante de toda China, creando de facto dos Chinas: la República Popular en el continente y la República de China en Taiwán. Una situación que Pekín considera ilegítima y transitoria. La reunificación con el continente aparece a menudo en el discurso oficial del PCCh como condición necesaria para que el renacimiento nacional sea completo. A esto se suma la construcción de un ejército moderno y una economía de primer orden, con los que China aspira a liderar un orden mundial redefinido según su propia visión.

Los efectos del sueño chino

El sueño chino de Rejuvenecimiento Nacional es una estrategia integral que combina el legado cultural, el socialismo y la lógica de la economía globalizada actual. Su coherencia interna se apoya en el centralismo: sin contrapesos ni alternancia política, el Partido Comunista Chino puede actuar con una consistencia a largo plazo que los sistemas occidentales raramente logran.

En poco tiempo, los resultados se han materializado en términos económicos. China ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas, ha construido la segunda economía del mundo y ha desarrollado infraestructuras, tecnología y una capacidad militar que la sitúan como potencia de primer orden. En el plano geopolítico, proyecta esta visión a través de iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda, tejiendo redes de influencia desde África hasta América Latina y posicionándose como alternativa al orden liderado por Occidente.

A través de su deseo de reunificación nacional, el sueño justifica las reclamaciones sobre el mar de la China Meridional, la presión creciente sobre Taiwán, el Tíbet o Xinjiang. El mapa que China reivindica hoy se basa en el mapa que perdió durante el Siglo de la Humillación. 

Pero esa misma lógica de reunificación tiene también un reverso interior. En Hong Kong, la imposición de la Ley de Seguridad Nacional en 2020 —que criminaliza la disidencia política— desmanteló en pocos meses las libertades y la autonomía que la ciudad había mantenido desde su retorno a China en 1997. En Xinjiang, los uigures han sido sometidos a vigilancia, detenciones masivas y asimilación forzada en nombre de la unidad nacional. En el Tíbet, la represión cultural sigue una lógica similar. En nombre de la unidad y la armonía, el PCCh justifica un control creciente sobre la sociedad civil y las libertades individuales.


Fuente:

elordenmundial.com

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