En un país donde todas las principales autopistas y carreteras no van de norte a sur sino de oeste a este (en dirección a Liverpool, Bristol y Bath), anexionado por su poderoso vecino desde el siglo XIII, con un tercio de todos los puestos de trabajo en la frontera y que ha de financiarse con el dinero que Londres quiere darle, no es de extrañar que hasta hace poco la Enciclopedia Británica, al llegar a la G, dijera: “Gales: ver Inglaterra”. Como si fueran lo mismo.
Este jueves, en las elecciones autonómicas, los galeses van a dejar claro que no son lo mismo, y el Labour corre un peligro muy serio de no ser el partido más votado por primera vez desde 1922. Hace cien años las mujeres no tenían sufragio en muchos países, no había los antibióticos modernos, ni televisión, ni los viajes en avión al alcance de cualquiera, el divorcio no se contemplaba y los trajes de baño eran de dos piezas. Todas eso ha cambiado, y también el monopolio laborista en Gales. Un siglo es mucho tiempo.
El País de Gales fue uno de los motores de la Revolución Industrial, llegando a extraer de sus minas 61 millones de toneladas anuales de carbón y a producir un 40% del acero que exportaba Gran Bretaña. Mientras dependió de la industria pesada, el Labour (como partido de la clase obrera) tuvo garantizada la supremacía. Y también después de la desindustrialización de Margaret Thatcher, porque ella y los conservadores fueron responsabilizados de todas las miserias. Pero ahora se le echa la culpa al Labour de las políticas ecologistas radicales y de acción afirmativa (cuotas para mujeres y minorías), de un impuesto a las segundas residencias y una tasa turística. Incuso de la aplicación de un draconiano límite de velocidad de 32 kilómetros por hora en todas las zonas residenciales que los conductores detestan y los comerciantes dicen que les está arruinando.
Han pasado ya sin embargo veintiséis años desde la caída de Thatcher, y ahora es el laborismo es que se lleva el mochuelo del deterioro de la calidad de vida, de la inflación, de un desempleo y unos índices de pobreza muy superiores a los del resto del Reino Unido, de una educación y una sanidad peores si cabe, de la falta de vivienda y la sensación de que no hay oportunidades y el futuro va a ser peor que el presente.
Plaid Cymru ofrece un soberanismo suave e incluyente y no se plantea una consulta en la primera legislatura
Gales va a entrar esta semana, en cuanto se anuncien los resultados de las elecciones, en un terreno desconocido, en el que el Labour puede ceder el poder por primera vez en cien años, e incluso quedar tercero por detrás del Plaid Cymru (independentista moderado, con un nacionalismo incluyente y benigno más cultural que institucional) y Reform UK (la ultraderecha de Farage).
Los soberanistas, acaben primeros o segundos, son los mejor colocados para formar gobierno (tal vez con el apoyo de los Verdes) porque nadie quiere hacerlo con los neofascistas. Lo cual no deja de ser una atipicidad ya que en Gales nunca ha habido un independentismo militante (un 32% a favor y un 52% en contra, según la última encuesta), aunque lleva años al alza y cuenta con el respaldo de un 60% de los jóvenes de entre 18 y 34 años. Mucha gente preferiría una mayor autonomía, como Escocia, con un sistema legal propio y transferencia de los poderes en materia de transporte, policía y justicia (en la actualidad es sólo sanidad y educación).
El independentismo galés ha sido tradicionalmente tan tibio que casi la mitad de los afiliados al Plaid Cymru prefieren seguir siendo parte de Inglaterra. Por eso un referéndum a la escocesa no está en el programa del partido para una primera legislatura, sino en todo caso para una segunda, una vez consolidado en el poder. Aunque el soberanismo ha subido, las posibilidades de que gane el sí parecen remotas. La autonomía fue rechazada en 1979, y aprobada en 1997 por el más mínimo de los márgenes (50,2% con una participación del 50,1%).
Desde el 2018 la economía galesa se ha encogido un 2%, la productividad es sustancialmente más baja que la del resto del Reino Unido, uno de cada trabajadores es funcionario, el gasto público es un 15% superior al de Inglaterra (y más de lo que el país genera en impuestos) y un tercio de los niños son oficialmente considerados pobres. Los antiguos focos industriales son comunidades deprimidas con bancos de comida en lugar de pubs, y calles mayores con la mitad de vidrieras tapadas con cartón piedra. En ese marco, no es sorprendente que los votantes quieran un cambio. Unos se inclinan a dar una oportunidad al soberanismo, otros a la ultraderecha de Farage, que promete el oro y el moro, como todos los populismos.
Uno de cada niños es considerado pobre y la sanidad, educación y transporte son las peores del Reino Unido
Gales se ha visto hasta ahora a sí misma como una sucursal de Inglaterra, con una fuerte identidad cultural y un idioma propio (lo habla el 20% de la población), pero demasiado pobre, pequeño (tres millones de habitantes), sin recursos naturales, irrelevante, descuidado y periférico como para dar un puñetazo sobre la mesa y decir “aquí estoy”. Lo va a dar sin embargo en las elecciones de este jueves, votando en contra del centralismo jacobino que representan el Labour y los tories.
Fuente:
www.lavanguardia.com



