El otro día, mi padre, un veterinario que está a punto de jubilarse, me pidió ayuda, por primera vez, en una cirugía. Dije que sí, claro, con mi irreflexividad ariana, pero luego me entró aprensión y temí desmayarme o vomitar y, qué vergüenza, pasar de ser ayuda a problema. No sé muy bien qué imaginaba —explosiones de sangre y vísceras, qué sé yo—, pero me encontré con algo inesperado: la fascinación absoluta ante los gestos precisos y expertos de alguien que lleva 40 años abriendo y cerrando cuerpos, perfeccionando un arte, persistiendo.
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Fuente:
elpais.com



