La oposición británica, muy en su papel, siempre ha dicho pestes de Keir Starmer. Pero la opinión generalizada dentro del Labour ha sido que era un buen tipo al que el cargo del primer ministro le venía demasiado grande. Ahora, sin embargo, se está imponiendo una visión alternativa, la de que es una mala persona, sin ningún sentido de la lealtad, que para cubrir sus errores y salvar su cabeza arroja a amigos, aliados y funcionarios a los tiburones. Y al que el cargo –en eso sí hay coincidencia– le viene demasiado grande.
En una sesión parlamentaria que pareció un déjà vu de los últimos días de Boris Johnson, la Cámara de los Comunes debatió ayer si someter a Starmer a una investigación multipartidista sobre si mintió (o acaso engañó involuntariamente, o informó mal) al Parlamento sobre el nombramiento de Peter Mandelson como embajador ante la corte de Trump.
Como la primera regla de la política es saber contar (frase del ex presidente de Estados Unidos Lyndon B. Johnson), Starmer sacó la calculadora y vio que con una mayoría de 165 escaños en los Comunes sólo tenía que imponer la disciplina de voto y hacer que el grupo parlamentario laborista se opusiera en masa, salvo amenaza de castigos y suspensiones, a la moción de la lideresa conservadora Kemi Badenoch de investigar su conducta. El primer ministro tiene muchos defectos, pero la aritmética de párvulos se le da bien, y las cuentas le salieron a pesar de un puñado de rebeliones (335 votos frente a 223), y críticas de corrupción y encubrimiento.
Boris Johnson fue acusado por el propio Starmer de mentir descaradamente al Parlamento al decir que no sabía nada de las fiestas ilegales en Downing Street durante la pandemia, ya que nadie le había informado de ellas. El actual primer ministro sostiene que no sabía que el Foreign Office había autorizado el nombramiento de Mandelson a pesar del consejo de los servicios de seguridad, porque los funcionarios no se molestaron en decírselo (y él no lo preguntó).
La moción contra Starmer presentada por los conservadores fue derrotada por 335 votos frente a 223
A simple vista hay un cierto paralelismo, y habría sido el sueño de los conservadores que Starmer hubiera sido sacrificado con la misma espada que él blandió contra Johnson, la de engañar al Legislativo. La diferencia es que en lo relativo al nombramiento de Mandelson todo está lleno de tecnicismos que enmarañan las cosas y hacen difícil dilucidar si el líder laborista fue demasiado pillo o es simplemente un inepto redomado, mientras que de Boris salieron videos y fotografías cortando pasteles y bebiendo champán en las fiestas que “no sabía” que había.
Starmer sigue vivo, aunque cada vez más hundido en unas arenas movedizas que le cubren ya por encima de la cintura, un primer ministro zombi con el país sumido en una crisis económica cada vez más grave por la guerra de Irán, la inflación otra vez hacia arriba y las peores perspectivas de crecimiento del G-20. Una película de terror que aún puede tener varios finales: una resurrección sorprendente del protagonista, una muerte súbita a manos de un samurái que se atreva a asestarle el golpe de gracia, o un deceso a cámara lenta hasta que la tierra le cubra la boca y no pueda respirar, mientras los diversos pretendientes al trono observan indecisos el devenir de la tragedia.
Que a Starmer apenas le queda autoridad fue evidente en el debate parlamentario, con diversos diputados del Labour lamentando la imposición de la disciplina de voto, y las numerosas opiniones de que él mismo se tendría que haber sometido voluntariamente a una investigación que cubriera por qué nombró a Mandelson, por qué presionó al Foreign Office para que acelerara su designación antes del resultado del informe de los servicios de seguridad, por qué no se implicó para nada en conocer su resultado, y por qué insistió en que se habían cumplido las normas. Quizás no mintió o engañó técnicamente al Legislativo, pero no todo –ni mucho menos– es trigo limpio en el asunto.
El debilitamiento de Starmer se ha extendido al Gabinete, en medio de rumores de pactos entre facciones rivales (la de Angela Rayner y Andy Burnham), conspiraciones y presiones para que él mismo se ponga una fecha de caducidad antes de las próximas elecciones, como en su día hizo Tony Blair. Primero, sin embargo, ha de sobrevivir a la masacre que sufrirá el Labour en las autonómicas y municipales de la semana que viene. Luego será otro cantar.
El ala izquierda del Labour critica con fuerza la apariencia de corrupción y un intento de encubrimiento
En esta película de horror Starmer no tiene intención de hacerse el harakiri, pero su número de enemigos y la intensidad de su inquina va en aumento. El grueso del grupo parlamentario le ha sido esta vez fiel, pero la teoría de que es un incompetente sin sentido de la lealtad avanza. De hecho, calificarlo de “mala persona al que el cargo le viene grande” es una versión edulcorada. Sus enemigos dentro y fuera del Labour utilizan epítetos impublicables aquí.
Fuente:
www.lavanguardia.com





