InicioOpiniónTrump, Rajoy y el espanto de la etnocracia

Trump, Rajoy y el espanto de la etnocracia

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Esta semana el Departamento de Estado de EE UU ha puesto en marcha un proyecto para entregar fondos a proyectos que desarrollen vínculos civilizatorios, la resiliencia democrática y el Estado de derecho en Europa. El velo de la rimbombante palabrería es muy sutil y detrás de él no hay otra cosa que el vulgar intento de financiar al ideario MAGA en Europa, con la esperanza de cultivar y comprar socios. El asunto tiene múltiples facetas de interés. Esta columna tratará de enfocarse en uno de ellos, el que se oculta detrás del concepto de vínculos civilizatorios. Mirado con detenimiento, tiene las facciones monstruosas de la etnocracia, ese modelo de gobernanza diferente de la democracia, en el cual el kratos —el poder— no está en manos del demos —un pueblo de iguales—, sino del ethnos —una comunidad cerrada basada en el nacimiento, la descendencia y la sangre, que se arroga preeminencia sobre el resto del demos—.

El trumpismo alega que Europa se ha alejado de sus valores civilizatorios. Sostiene que quiere ayudarla a recuperarlos, defenderlos, y sobre esa base reconstruir la alianza. Los valores en cuestión son, como no, la Europa blanca, cristiana, testosterónica, hetero. El alejamiento se debe, según ellos, a la mutación de sociedades llenas de migrantes y en las cuales minorías de varia índole —o esa mitad de la humanidad que son las mujeres— adquieren nuevos derechos que alteran la tradición. Las mujeres, bien, pero que no tengan demasiado protagonismo; los homosexuales, ok, pero que no se les note demasiado; y, sobre todo, los inmigrantes, fuera; aquellos que ya están y no sea posible echar, que viajen en segunda clase. No son parte de nuestra civilización. Prioridad nacional. Etnocracia.

El concepto de etnocracia se declina en distintas modalidades. Las hay espantosas como el Sudáfrica del apartheid o Israel, y hay tonalidades más leves. El problema es que, una vez que se entra en esa lógica, una vez que se asume la discriminación, la ruptura del valor de la igualdad, resulta muy fácil deslizarse hacia abajo.

La filósofa italiana Donatella di Cesare ha aportado interesantes reflexiones sobre la cuestión en su reciente Tecnofascismo (Paidós). Entre otras cosas, señala la convergencia entre tecnocracia y etnocracia. La primera vuela por encima de los Estados y desposee de poder a estos y a los pueblos. La segunda ofrece un espejismo de solución a ese problema del Estado superado por dinámicas supranacionales: levantemos barreras, volvamos atrás, excluyamos y tendremos de nuevo el control.

Es un mecanismo diabólico: los líderes que proponen esas soluciones etnocráticas se sirven de las tecnologías —y cuentan con el apoyo de los tecnomagnates— para impulsarlas. Estos últimos consiguen así que, en vez de aumentar el control sobre las iniciativas que producen desigualdad, odio y cretinización —la verdadera solución—, la respuesta sea el control, la discriminación y la exclusión de los más frágiles. Diabólicamente genial.

Y en esto la iniciativa del departamento de Marco Rubio es un poema. De hecho, dice explícitamente que entre los problemas de los cuales hay que rescatar a Europa está el exceso de regulación, la censura presuntamente excesiva de discursos de odio, las elites burocráticas no suficientemente legitimadas. En fin, que no se ponga coto a los tecnoimperios de EE UU.

Si solo se tratara de una iniciativa de EE UU, los motivos de inquietud serían limitados. El problema es que en Europa los gérmenes de la etnocracia proliferan, y no solo en los entornos manifiestamente de ultraderecha, como demuestra la lamentable aceptación por parte del PP del concepto de prioridad nacional en distintos gobiernos autonómicos. Otras derechas populares también claudican. Una cosa es abogar por una firme lucha de la inmigración descontrolada e irregular. Otra es sembrar el terror a lo ICE o cristalizar en distintas categorías las personas de una comunidad.

En ese contexto tocó leer las palabras del expresidente Rajoy, que consideró que en la selección de fútbol de Francia no hay franceses, pese a que 23 de los 26 nacieron en ese país y todos tienen la nacionalidad. Lo dijo obviamente por el origen de sus familias, el color de su piel, la tradición religiosa de algunos. Nadie salvo él sabe cuáles son los verdaderos instintos del alma detrás de la frase. Pero incluso si en su cabeza era un chascarrillo provocador en un marco mental impoluto, en realidad la frase fue un pesado ladrillo más, regalado a la construcción de la etnocracia que algunos desean. Quienes creen en la democracia, en un demos de libres e iguales, tienen el deber cívico de oponerse y derribar esa tenebrosa construcción que avanza. Democristianos y liberales deberían estar en primera fila. Qué tristeza ver a muchos de ellos agazapados, o hasta cómplices.


Fuente:

elpais.com

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