Ella fue nuestra princesa, la más distinguida de nuestras amigas. No sé si la más rica, pero desde luego la que de una manera más descarnada usaba los recursos de su familia para llevar exactamente la vida que quería. La queríamos, nos fascinaba y lo … que en cualquier otra nos habría parecido despreciable, a ella no es que se lo perdonáramos: era como si no lo hubiera hecho.
Su padre era el propietario de la farmacéutica más célebre de la época. Nos trataba como yernos y alguna vez se había quejado de la poca dulzura con que Cris respondía a sus constantes atenciones. Era algo peor que poca dulzura: nuestra princesa se había casado con el que todos le dijimos que no lo hiciera, enseguida tuvo hijos, y aquella tormentosa noche de agosto nos había reunido a sus tres amigos más cercanos junto a sus padres para pedirnos ayuda —socorro, dijo—, porque al anunciarle a su marido que se quería divorciar, su respuesta había sido que le iba a reclamar la casa, la custodia de los niños y una suma de compensación que tuviera en cuenta la parte en B que Cris recibía mensualmente de su familia.
—Y me creo la amenaza porque cuando he llamado a Pilar Mañé me ha dicho que no podía defenderme. La ha contratado él, seguro.
A su padre le pidió dinero y a mí que escribiera un artículo para perjudicarlo en su trabajo. A los otros dos les pidió algo más turbio que no quiero reproducir por si lee este artículo.
Esperó a que terminara de hablar para decirle que se avergonzaba de la hija que tenía. Lo más duro es que lo dijo en voz baja, casi un murmullo, que es cuando más hieren los insultos. Le anunció que a partir de aquel instante iba a hacerse cargo de los gastos de sus nietos pero que ella no recibiría ni un céntimo más de la familia.
Cris salió sollozando al porche, su madre fue tras ella. Los tres amigos nos quedamos con el padre e intentamos decir algo en favor de nuestra amiga. Nos cortó enseguida:
—Los cuatro somos culpables. Yo el que más, porque soy su padre, pero vosotros también habéis creado el monstruo.
Y aunque tal vez era verdad, los tres nos sentimos muy mal porque le hubiera hablado tan cruel a su hija. Nunca nosotros nos habríamos atrevido. Nuestra devoción por ella no era un juego, ni una afectación, de verdad vivíamos a su servicio, y sin estar ninguno de los tres enamorados, lo que todo lo hacía más tenso y delicado. No dijimos nada por no empeorar las cosas. Pero estábamos indignados —y luego lo comentamos— con que hubiese sido tan desagradable con nuestra princesa. Él nos miraba con los ojos vidriosos, a punto de llorar, pero era demasiado duro para soltar una lágrima. Guardamos silencio hasta que él volvió a hablar.
—El marido de Cris me llamó, sin que mi hija lo supiera, el mismo día que le pidió el divorcio. Le he regalado un piso, le he dado dos millones de euros, y se ha comprometido a no denunciar a mi hija ni a pelear por la custodia de los niños. A Pilar Mañé la contraté yo, también sin que Cristina lo supiera, para arreglar el acuerdo a mi manera y sin tener que aguantar sus impertinencias. No quiero que le digáis todavía que todo está arreglado. A ver si se asusta un poco y reacciona. No sé qué hacer con ella.
No le dijimos nada, como su padre nos había pedido, hasta que al cabo de menos de un mes nos convocó para cenar con «mi marido». Nos extrañó y fue lo que primero les preguntamos.
—Nunca nos separamos, lo simulamos porque sabía que si Jonathan hablaba con mi padre diciéndole que yo no sabía nada, él querría hacerse el genio de la familia arreglándolo por detrás. Jonathan no quería hacerlo por respeto a mi padre, pero le dije que necesitábamos el dinero, y vender el piso que nos regaló, para comprar en Ibiza la casa de nuestros sueños.
—Pero Cris, has hecho sufrir mucho a tus padres con la separación. ¡Y total, por una casa en el mar!
—Bueno, es que se lo pedí de buenas y no me lo quiso comprar.
Fuente:
www.abc.es




