Taiwán se ha convertido en una pieza central de la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China gracias a su posición clave en la industria mundial de semiconductores. La isla fabrica el 92% de los microchips más avanzados del mundo, una dependencia global que ha reforzado durante décadas su valor estratégico y ha alimentado el concepto del “escudo de silicio”.
Los microchips son una de las tecnologías fundamentales del mundo contemporáneo. Están presentes en teléfonos móviles, ordenadores, vehículos eléctricos, bienes de consumo, sistemas de inteligencia artificial, cohetes espaciales o equipamiento militar, entre otros muchos productos.
Su función básica consiste en procesar información mediante transistores, que permiten o bloquean el paso de la corriente y traducen las órdenes de los dispositivos al lenguaje binario. En la práctica, actúan como el cerebro de los aparatos electrónicos.
Esa centralidad explica por qué la industria de los microchips se ha convertido en uno de los principales campos de competencia entre grandes potencias. Estados Unidos intenta preservar su ventaja tecnológica y restringir el avance chino, mientras Pekín busca reducir su dependencia exterior y aumentar su capacidad de diseño y fabricación. La inteligencia artificial ha intensificado todavía más esa pugna, al elevar la demanda de semiconductores avanzados.
¿Taiwán y el fin del escudo de silicio?
Taiwán ocupa una posición excepcional en la industria de los semiconductores. Su ascenso comenzó entre las décadas de 1960 y 1970, en un momento marcado por la transformación tecnológica mundial y el reordenamiento geopolítico en Asia-Pacífico.
La derrota estadounidense en la guerra de Vietnam y la progresiva normalización de las relaciones entre Washington y Pekín a partir de 1972 alteraron los cálculos Taipéi. En 1979, Estados Unidos reconoció oficialmente a la República Popular China, lo que redujo el espacio diplomático de Taiwán y reforzó su necesidad de construir nuevos vínculos estratégicos con la potencia norteamericana.
La apuesta taiwanesa, además de aprovechar su posición geográfica en pleno corazón de la primera cadena de islas, consistió en integrarse en las cadenas de suministro estadounidenses de semiconductores.
En una primera fase, Taiwán asumió tareas intensivas en mano de obra, como el ensamblaje y empaquetado de microchips. Con el tiempo, el Estado taiwanés impulsó una estrategia desarrollista para escalar hacia actividades de mayor valor añadido.
En 1987, en un hito clave, colaboró en la creación de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), una de las compañías más importantes del mundo, que contó con una participación inicial del Estado taiwanés del 48%.
TSMC consolidó un modelo de negocio que transformó la industria: fabricar chips diseñados por terceros. Las empresas estadounidenses podían centrarse en el diseño sin asumir el elevado coste de construir y actualizar las fábricas –también conocidas como fundiciones o fabs en inglés–, mientras Taiwán escalaba hacia el núcleo de la producción global e intensificaba sus vínculos con Washington.
Esa posición dio lugar al “escudo de silicio”. Esta noción hace referencia a que la dependencia mundial de los semiconductores taiwaneses actúa como una forma de disuasión: China tendría menos incentivos para lanzar una operación a gran escala contra Taiwán si ello afecta a su propia economía, mientras que Estados Unidos tendría más razones para proteger a la isla ante el riesgo de una disrupción tecnológica global.
Sin embargo, ese escudo muestra signos de desgaste. La potencia asiática está aumentando su peso en el sector mediante inversiones, subvenciones y una política industrial dirigida. Otro factor de erosión procede de Estados Unidos, puesto que Washington intenta atraer parte de la producción avanzada de Taiwán a su propio territorio para reducir su vulnerabilidad ante una eventual crisis en el estrecho.
Taiwán sigue siendo insustituible en la fabricación de los microchips más avanzados, pero su principal garantía estratégica ya no parece tan estable. Si China reduce su dependencia y Estados Unidos absorbe parte de la producción taiwanesa, el “escudo de silicio” perderá parte de su capacidad disuasoria.
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