La rivalidad entre Irán, Israel y Estados Unidos se ha consolidado como uno de los principales focos de tensión de la política internacional. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en Oriente Medio, los enfrentamientos actuales solo representan la superficie de una confrontación mucho más profunda.
Para comprender lo que sucede hoy es necesario mirar décadas atrás. La guerra contra Irán no surge únicamente del programa nuclear iraní o de los últimos bombardeos, sino de una larga disputa por el equilibrio de poder regional que combina factores históricos, ideológicos, militares y geopolíticos.
1979, el año que cambió Oriente Medio
La guerra actual entre Irán, Israel y Estados Unidos no surgió de la noche a la mañana. Sus raíces se remontan a 1979, cuando la Revolución Islámica transformó por completo el equilibrio de poder en Oriente Medio. Hasta entonces, Irán había sido uno de los principales aliados de Washington y un socio estratégico de Israel.
Durante décadas, el sah Mohammad Reza Pahlavi actuó como garante de los intereses estadounidenses en el golfo Pérsico. Irán protegía los flujos petroleros, compraba armamento occidental y mantenía estrechas relaciones con Tel Aviv, que recibía petróleo iraní y transfería tecnología militar a Teherán.
Todo cambió con la caída de la monarquía y la llegada al poder de los ayatolás. La revolución convirtió a Irán, a ojos de Washington, en un enemigo dispuesto a desafiar la presencia estadounidense en Oriente Medio y a exportar su modelo revolucionario a toda la región.
La pérdida de Irán supuso un auténtico terremoto geopolítico. Washington pasó a depender todavía más de Israel y de las monarquías de la península arábiga para mantener su influencia. Además, la administración estadounidense inauguró la llamada “doctrina Carter”, que consideraba el golfo Pérsico un espacio de interés vital y justificaba el despliegue permanente de tropas y bases militares para proteger el flujo de petróleo.
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Desde entonces, gran parte de la política estadounidense hacia Irán ha estado marcada por un mismo objetivo: contener, debilitar o incluso derribar a la República Islámica. Los sectores neoconservadores y buena parte de la derecha israelí comenzaron a defender que Teherán representaba la principal amenaza para el orden regional.
Con el paso de las décadas, la rivalidad fue intensificándose. Tras la caída de Irak como potencia regional después de la operación Tormenta del Desierto y la invasión de 2003, Irán pasó a ocupar el lugar de principal adversario de Israel y Estados Unidos en Oriente Medio.
A partir de entonces, ambos países impulsaron una estrategia de presión constante contra Teherán. Las sanciones económicas, las operaciones encubiertas, los asesinatos selectivos y la presión sobre el programa nuclear iraní se convirtieron en herramientas habituales para intentar limitar el poder iraní.
Por ello, la guerra actual no puede entenderse como una crisis aislada o una simple escalada reciente. Es el resultado de más de cuatro décadas de rivalidad acumulada entre una República Islámica que aspira a desafiar el orden regional dominado por Estados Unidos e Israel, y unas potencias que consideran inaceptable la existencia de un Irán capaz de limitar su influencia en Oriente Medio.
La dimensión religiosa de la guerra contra Irán
El enfrentamiento entre Irán e Israel no puede entenderse únicamente desde la geopolítica tradicional. Detrás de los cálculos militares, las disputas regionales y la competencia estratégica existe también una dimensión ideológica y religiosa que influye profundamente en la forma en que ambos actores interpretan el conflicto.
En los últimos años, tanto en Israel como en Irán han ganado peso discursos que presentan la confrontación como parte de un proceso histórico y casi inevitable. En otras palabras: la guerra es una lucha por la seguridad o el poder regional, pero también un enfrentamiento con un fuerte componente simbólico y escatológico.
En el caso iraní, la Revolución Islámica de 1979 transformó el sistema político del país y construyó una identidad ideológica basada en la resistencia frente a Occidente y frente a Israel. Desde entonces, la República Islámica ha desarrollado una narrativa que mezcla elementos religiosos, antiimperialistas y revolucionarios.
La confrontación con Estados Unidos e Israel se entiende como una cuestión ligada a la identidad misma del sistema. La cultura del martirio, profundamente arraigada en el chiismo político iraní, convierte la resistencia y el sacrificio en elementos centrales de legitimidad política y cohesión social. En esta visión, la lucha frente a las potencias consideradas hostiles es una manera de preservar la continuidad de la revolución.
Por su parte, dentro de Israel han adquirido una creciente influencia sectores vinculados al sionismo religioso y a interpretaciones mesiánicas de la política. Para estos grupos, el conflicto regional es una cuestión de seguridad nacional y una batalla ligada al destino histórico y espiritual del pueblo judío.
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Esta corriente ha ido ganando peso dentro de la política israelí, especialmente entre partidos nacionalistas y religiosos que consideran que la supervivencia y fortalecimiento de Israel forman parte de una misión histórica. Como resultado, la rivalidad con Irán y con el llamado Eje de la Resistencia también es percibida como una lucha existencial que afecta al futuro mismo del Estado hebreo.
Ambos actores construyen relatos que refuerzan la idea de que el enfrentamiento tiene un carácter existencial. Esta dimensión contribuye a endurecer las posiciones políticas y dificulta cualquier solución duradera, ya que las concesiones pueden interpretarse como una renuncia a principios sagrados o históricos.
Además, estas narrativas cumplen una importante función política interna: sirven para movilizar a sus respectivas sociedades, justificar sacrificios y presentar la confrontación como una lucha inevitable frente a enemigos percibidos como amenazas.
Por ello, reducir la rivalidad entre Irán e Israel a una simple disputa territorial o militar resulta insuficiente. La guerra también se desarrolla en el terreno de las ideas, los símbolos y las creencias. Y precisamente esa dimensión ideológica y religiosa ayuda a explicar por qué la confrontación ha adquirido una intensidad que trasciende los cálculos geopolíticos tradicionales.
Cómo Irán construyó su estrategia militar
La estrategia militar de Irán es el resultado de décadas de aislamiento, sanciones y guerras que llevaron a la República Islámica a asumir una idea central: no podía competir convencionalmente con Estados Unidos o Israel. En lugar de intentar igualar su poder militar, Teherán desarrolló una doctrina basada en la resistencia, la disuasión y el desgaste. El punto de inflexión fue la guerra entre Irán e Irak (1980-1988).
La invasión iraquí, el aislamiento internacional, el apoyo occidental a Sadam Husein y la “guerra de las ciudades” convencieron a las autoridades iraníes de que no podían depender de actores extranjeros para garantizar su seguridad. La contienda dejó además una profunda huella política y psicológica en la República Islámica, reforzando el papel del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como garante de la supervivencia del sistema.
A partir de entonces, Irán comenzó a desarrollar una estrategia militar adaptada a unas limitaciones que dificultaban la compra de armamento avanzado. Por ello, Teherán apostó por capacidades más baratas, flexibles y difíciles de neutralizar, especialmente misiles balísticos, drones y sistemas de guerra asimétrica.
Los misiles adquirieron una importancia central dentro de esta doctrina. Irán entendió que, aunque no pudiera igualar la aviación estadounidense o israelí, sí podía amenazar bases militares, infraestructuras energéticas y ciudades enemigas mediante ataques de saturación.

Así, Teherán ha desarrollado el arsenal de misiles más amplio y diverso de Oriente Medio, con miles de misiles balísticos y de crucero capaces de alcanzar cualquier punto de la región, incluido Israel. Sistemas como los Shahab-3, Ghadr-1, Fateh-110 o Sejjil-2 se han convertido en pilares fundamentales de la estrategia de disuasión.
Además, Irán ha apostado por desarrollar una industria militar propia para reducir su dependencia exterior. Aunque inicialmente recurrió a tecnología extranjera –especialmente de Corea del Norte–, con el paso del tiempo logró construir capacidades nacionales de producción y modernización de misiles. Esta evolución le ha permitido mejorar progresivamente el alcance, la precisión y la capacidad de penetración de sus sistemas ofensivos.
Pero la estrategia no se limita al territorio nacional. Con el paso de los años, Teherán construyó una red de aliados y milicias en distintos puntos de Oriente Medio: el llamado Eje de la Resistencia. Hezbolá en Líbano, diversas milicias iraquíes o los hutíes en Yemen forman parte de una arquitectura regional que permite a Irán proyectar influencia y aumentar la presión sobre sus rivales sin recurrir necesariamente a una guerra directa.
La lógica es clara. Irán no busca derrotar militarmente a Estados Unidos o Israel en una contienda convencional, sino hacer extremadamente costoso cualquier intento de atacar o desestabilizar la República Islámica.
Ormuz, la gran arma geopolítica de Irán
Irán ha convertido la geografía del golfo Pérsico en uno de los pilares de su estrategia militar. La República Islámica es consciente de que controla uno de los puntos más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz.
Por este corredor marítimo pasa entre el 20% y el 30% del petróleo transportado por vía marítima en el mundo, además de una parte muy importante del comercio global de gas natural licuado.
El estrecho constituye un auténtico cuello de botella. En su punto más angosto apenas supera los 50 kilómetros y solo existen dos canales navegables seguros para grandes embarcaciones. Esto convierte cualquier crisis militar en la zona en una amenaza directa para el suministro energético mundial.
Sin embargo, la estrategia iraní no pasa necesariamente por cerrar completamente el estrecho. De hecho, Teherán está desarrollado una concepción mucho más compleja basada en la idea de la “gobernanza” de Ormuz. Es decir, la capacidad de regular, condicionar o supervisar el tránsito marítimo en función de sus intereses estratégicos y de seguridad.
Desde la perspectiva iraní, el estrecho no es simplemente una vía marítima internacional neutral, sino un espacio profundamente vinculado a su soberanía y a su seguridad nacional. Por ello, Teherán considera legítimo ejercer mecanismos de control sobre el tráfico marítimo en contextos de crisis o confrontación regional.

Esta lógica queda reflejada en la actual guerra. Irán no ha impuesto un bloqueo absoluto, sino un sistema de control selectivo sobre la navegación. El tránsito marítimo comenzó a depender de autorizaciones e inspecciones ejercidas por la Guardia Revolucionaria. Así, Ormuz deja de funcionar como una ruta completamente abierta y pasa a convertirse en un espacio parcialmente regulado por Teherán.
Pero el desafío también es jurídico y político. La República Islámica ha defendido la idea de cobrar peajes por el tránsito marítimo y canalizar la navegación mediante rutas coordinadas bajo supervisión iraní, una propuesta que choca directamente con la lógica tradicional del “paso en tránsito” recogida en el derecho marítimo internacional.
La cuestión de fondo va mucho más allá del golfo Pérsico: la posibilidad de que termine consolidándose la idea de que un corredor esencial para la navegación global puede quedar sometido a mecanismos de control unilateral o de coerción económica por parte de un Estado ribereño. Si Irán controla Ormuz, ¿por qué no China el estrecho de Taiwán o Singapur el de Malaca, por ejemplo?
En definitiva, la economía global depende en gran medida de la previsibilidad del tráfico marítimo, de que las principales rutas funcionen bajo reglas relativamente estables y no bajo mecanismos de presión. Precisamente por eso, la transformación de Ormuz en un espacio parcialmente regulado por Irán podría suponer un desafío mucho más profundo al orden marítimo internacional.
Irán e Israel, otro medio siglo de rivalidad
A falta de conocer el desenlace de las conversaciones en marcha entre Estados Unidos e Irán, un eventual alto al fuego definitivo no supondría el final de la rivalidad, sino, en el mejor de los casos, una pausa temporal dentro de una confrontación mucho más profunda.
La guerra surge de décadas de competencia estratégica, tensiones ideológicas y disputas por el equilibrio de poder en Oriente Medio que difícilmente podrán resolverse mediante unas negociaciones limitadas.
Para Israel, Irán representa la principal amenaza a su posición regional. El desarrollo del programa nuclear iraní, el crecimiento del arsenal de misiles balísticos y el Eje de la Resistencia han sido interpretados por Tel Aviv como desafíos directos a su seguridad y a su libertad de acción militar en Oriente Medio.
Por ello, el objetivo israelí pasa por impedir que la República Islámica logre consolidarse como una potencia regional capaz de alterar el equilibrio estratégico. Desde la perspectiva iraní ocurre algo similar.
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Teherán percibe al Estado hebreo y a la presencia militar estadounidense en el golfo Pérsico como parte de una arquitectura diseñada para contener, desgastar o incluso destruir al sistema iraní. En consecuencia, Teherán considera que mantener capacidades de disuasión es una cuestión esencial para garantizar su propia supervivencia.
La postura de Estados Unidos también resulta clave. La administración de Donald Trump busca reducir progresivamente la presencia estadounidense en Oriente Medio, pero sin renunciar al control regional.
Para ello, Washington pretende convertir a Israel en la principal potencia de la región mediante dos vías complementarias: impulsar la normalización entre Israel y el mundo árabe a través de los Acuerdos de Abraham y debilitar estratégicamente a Irán.
Sin embargo, la guerra ha demostrado que Teherán mantiene una importante capacidad de resistencia y adaptación pese a las sanciones, la presión militar y el aislamiento internacional. Precisamente por ello, un alto al fuego o un acuerdo de mínimos difícilmente pueden resolver los factores estructurales que alimentan la confrontación.
Fuente:
www.descifrandolaguerra.es



