Eugenio se quedó en su cortijo a luchar contra el fuego en Bédar (Almería); Miguel solo se fue de su propiedad cuando el humo se hizo irrespirable en Santa Baia de Montes (Orense) y José Luis no dudó en dejar su vivienda en Mahíde ( … Zamora) al aviso nocturno de la Guardia Civil, aún con las piernas temblando y un color rojo infernal iluminando el horizonte. Cada uno de estos hombres en diferentes lugares de España, en diferentes años de este último lustro, se han enfrentado al mismo dilema. Salvarse ellos o salvar sus pertenencias de las llamas. No serán los últimos. «Los incendios ya no se quedan en el monte, van más allá. Ha aumentado el riesgo territorial», asegura Carlos del Álamo, ingeniero de Montes, exconsejero de la Xunta de Galicia y quien creara el primer plan de lucha contra incendios en esa comunidad.
Los incendios están evolucionando y no se limitan a consumir espacios naturales. Dejan casas calcinadas, trenes rodeados por el fuego, carreteras avasalladas por las llamas y miles de personas evacuadas cada verano. Para los expertos, el cambio de paradigma está claro. Solo el año pasado, casi uno de cada cuatro incendios forestales tuvo consecuencias para la población. En general, los datos de Protección Civil referentes al último lustro reflejan cómo el fuego está poniendo en riesgo a un número creciente de personas, siendo 2025 un año excepcional: hubo ocho muertos, 86 heridos, 42.913 evacuados y 108.202 confinados. Se registraron 74 incendios con desplazados frente a los 39 de media de 2020-2024. Este 2026, todas estas métricas también se sitúan por encima de la media a estas alturas del año. A los trece muertos de Los Gallardos, el incendio más mortal del siglo, se suman al menos otras tres víctimas mortales previas este año. Sin incluir a los ya miles de afectados por los últimos fuegos en Zaragoza y Madrid, España ha evacuado a cerca de 3.800 personas.
«La situación de peligro ahora es tremenda», asegura Cristina Montiel Molina, catedrática de Análisis Geográfico Regional y directora del grupo de investigación Geografía, Política y Socioeconomía Forestal en la Universidad Complutense de Madrid. El cóctel es explosivo. El cambio en el paisaje, abandonado y acumulando combustible desde hace décadas, y una climatología cada vez más favorable a la propagación del fuego se suman a la transformación de la sociedad. Hoy la población es ajena a la gestión forestal y también al riesgo del entorno, a pesar de que ocupa cada vez más espacio en urbanizaciones y edificaciones colindantes al monte que antes ocupaban actores rurales.
Franja de riesgo en aumento
Esta ‘repoblación’ en la llamada interfaz urbano-forestal, donde las construcciones están en contacto con la masa forestal, está creciendo a grandes pasos. Montiel, junto a un equipo de expertos, calculó en un estudio de referencia publicado en 2010 que en España existían aproximadamente 1,1 millones de hectáreas de interfaz urbano-forestal en el año 2000. Ahora esa cifra se quedaría muy corta. Faltan nuevos estudios, pero el terreno podría haberse duplicado e incluso triplicado, aumentando también el contacto entre la población urbana y el monte y, por tanto, haciendo crecer el riesgo. Por eso, matiza la experta, no se trata tanto de que los incendios forestales ‘lleguen’ desde el monte, sino que el fuego nace directamente en esta interfaz. «Hoy los incendios no son forestales, son territoriales. Los que trabajan en este ámbito lo saben muy bien», comenta.
«La urbanización ha entrado en los montes y los montes han entrado en la urbanización, y eso se convierte en otro foco»
Lo corrobora Del Álamo. «Hay muchos más puntos de contacto con las viviendas que hace 60 años», reconoce. No es un fenómeno exclusivo de la Península. Se ve en toda el área mediterránea: Francia, Grecia, el norte de África. Este tipo de incendios territoriales están aumentando en todos los países que han avanzado en la construcción. «La urbanización ha entrado en los montes y los montes han entrado en la urbanización, y eso se convierte en otro foco de incendio», explica el exconsejero. El experto recuerda el monstruoso fuego de California de 2025. Solo en el barrio de Pacific Palisades, en Los Ángeles, se calcinaron más de 16.000 edificaciones. «Es un fenómeno universal en la medida en que se combina la urbanización con el monte, no se ha generado la prevención necesaria y los planes de autoprotección que están previstos no se terminan de llevar a cabo».
En España, las estimaciones apuntan a que hasta el 80% de las viviendas, municipios y urbanizaciones situados en zonas de riesgo carecen de este tipo de planes o no los aplican, recuerda la organización WWF, mientras que se están dedicando el 78% de los recursos a la extinción (entre 600 y 700 millones de euros al año) y tan solo un 12% a la prevención, la gestión forestal y la adaptación del paisaje (180 millones de euros al año).
80
por ciento
de las viviendas, municipios y urbanizaciones situados en zonas de riesgo carecen de planes de prevención o no los aplican
El resultado es un cambio de tendencia a nivel estatal hacia incendios fuera de la capacidad de extinción, dice la ingeniera de Montes Verónica García, en los que se están destinando «grandes esfuerzos» al desalojo de núcleos rurales y a la gestión de la emergencia ciudadana. En lo que llevamos de año, van 24 incendios con evacuados y 51 con consecuencias para la población o sus bienes. Por ello, apunta la experta de la Fundación Entretantos, hay que «interiorizar como sociedad una cultura frente al riesgo de incendios» que aborde tanto la prevención como la respuesta ante la emergencia.
«Antes la gente sabía lo que tenía que hacer. Ahora hay una parte de la planificación que hay que cumplir que, o bien los municipios no tienen los planes preparados o bien no se aplican», dice Ana Belén Noriega, decana-presidenta del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y del Medio Natural, que critica que «hay una cultura muy baja del riesgo, siempre pensamos que van a venir a salvarnos».
«Es fundamental que las administraciones trabajen mucho más cerca de la población»
Existen, coinciden los expertos, muchas opciones para formar a la población, desde buzonear una tarjeta con información básica en todas las casas del pueblo hasta la realización de simulacros. ¿Y cómo incluir a los veraneantes en la formación? Se pueden usar, ejemplifican, las fiestas de la localidad, momento de máxima afluencia, para organizar talleres. Es necesario que cuando lleguen las llamas, la población sepa cuándo quedarse confinada en casa y cuándo y cómo evacuar. «Hay que actuar sobre la vulnerabilidad de la población y prepararla para saber qué hacer», refuerza Montiel y jamás permitir que desobedezcan o que tomen sus propias decisiones. El sistema, a día de hoy, «no puede hacerse cargo de la avalancha» de emergencias.
Convivir con el fuego
Los propios vecinos se pueden convertir en un retén antes de las llamas con algo tan sencillo como mantener su propiedad limpia. «Cuando empecemos a hacernos responsables de evitar que la vegetación se acerque o invada nuestras fincas y casas, cuando nos comprometamos a tenerla controlada -o a exigir y confirmar que así se haga-, es cuando podremos decir que estamos algo más preparados para convivir con el fuego», asegura Olga Rada, ingeniera de Montes de la Fundación Entretantos. Según su compañera María Turiño, es necesaria una coordinación cada vez más amplia y precisa entre todas las administraciones. El objetivo debe ser conseguir paisajes más resilientes frente al fuego y comunidades más preparadas para el riesgo. «Es fundamental que las administraciones trabajen mucho más cerca de la población de los territorios con mayor riesgo de incendios, que se coordinen mejor con las entidades locales y las asociaciones del territorio para conocer las verdaderas necesidades de prevención y autoprotección y para ser más eficientes«, dice.
En resumen, hay que actualizar la forma en que el país se enfrenta a los incendios forestales. «Es una catástrofe natural que no se puede tratar de apagar en el monte. Hay que cambiar los enfoques», asegura Del Álamo. Las fórmulas que convirtieron España en una pionera en la extinción de incendios han dejado de ser suficientes. La población civil, amenazada y también aliada, debe transformarse.
Fuente:
www.abc.es




