La virtud del arte es su condena misma, diabólica ironía ésta, pues ningún consuelo alberga el conocer y reconocer que, en aquello que justamente nos da y se nos da la vida, es donde hallamos una cierta e inevitable muerte. Así, uno anda, o simplemente … se limita a pasear, sin esperar nada a cambio salvo el poder disfrutar del paisaje, sin buscar mayor camino que el de poder caminar. Los libros, los míos propios, que no los de nadie más, son sencilla y llanamente eso, sin más pretensión que escribir como necesidad de respirar. El toro que a lo lejos va marcando su terreno para que no te acerques demasiado, la fantasía de imaginar a ese Juan Belmonte que en su último día decide pegarle una media verónica a la vida, para dejar su tragedia como ofrenda a su pasión misma, a esa soledad de soledades con la que siempre tuvo que dialogar unas y arrebujarse otras. La figura, tan griega como gitana de ese José, ese gitano a contra estilo o el más payo de los calés, y a su lado ese jacarandoso Rafael, que en un visto y no visto hace de la genialidad de su espantá la mayor virtud porque sí, sin necesidad de explicación que valga. Galleando y Belmonteando, quise llamar a esa sin razón. Como no precisa razón esa verónica de Cagancho o esa otra de su primo Curro Puya, aquél que hundía sus manos en el río, como el que busca una medalla perdida en la orilla del Guadalquivir. Y por perderse las palabras las vi encontradas en revoluciones y revelaciones, cuando sin esperarlo entendí que la mayor revolución es la revelación del espíritu, la del quejío de Curro y Rafael, con los que soñé y desperté, en esas cosas que sólo las manda un Divé, porque si en el arte nadie manda, sí que lo manda alguien. Esas diabluras de Rafael, que son el pozo del misterio donde el dolor se enaltece. Y así hablamos de toros, escribimos, esculpimos, peleamos, discutimos, sin más verdad que la mentira, y sin más mentira que la verdad.
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